facebook format-gallery format-video google instagram list-ribbon menu next pinterest prev search twitter youtube
Belleza

Aquí huele a mito

Aquí huele a mito

Nieto de la editora de moda más famosa de todos los tiempos y gestor de su legado, Alexander Vreeland evoca a su legendaria abuela con una colección de perfumes.

De entre todas las maneras en que podía homenajear a su abuela, Alexander Vreeland (Ginebra, 1955) eligió el aroma. “El olfato es el sentido que más sueña, el que más viaja y el mejor que conecta con los recuerdos”, informa este experto en marketing y comunicaciones reconvertido en empresario con marca propia. Curioso que la mujer que definió la mirada de la moda sea invocada por un perfume. Por cinco, en realidad, que son los que componen la línea Diana Vreeland con la que el nieto ha debutado en el universo de la perfumería. “Cada una de las fragancias que componen la colección ofrece un punto de vista diferente sobre la vida de mi abuela. Todos los aromas juntos narran su historia”, dice.
El departamento neoyorquino de Alexander Vreeland sirve de escenario para la presentación de las fragancias entre recuerdos de familia. Los frascos, elegantes, coloridos y de geometría simple, no son meros recipientes de aromas: cada cual evoca un rasgo diferenciador del carácter de la legendaria editora de moda. Perfectly Marvelous, con jazmín de Túnez (país en el que Vreeland tenía muchísimos amigos), remite a una de sus frases más célebres; Absolutely Vita recupera la madera de sándalo, uno de sus aromas favoritos, mientras que Extravaganze Russe compone una metáfotra olfativa de uno de los lugares que más inspiró su trabajo, Rusia.

Wp-diana-vreeland-740

Diana Vreeland (París, 1903 – Nueva York, 1989) fue responsable de la sección moda de Harper’s Bazaar durante 26 años. Con Carmel Snow y Alexey Brodovitch formó uno de los equipos más memorables de la industria. La editora acostumbraba a compartir veladas con Mainbocher, Elsa Schiaparelli, Jean Schlumberger, Cecil Beaton o Jacqueline Kennedy. Pasar un día con ella, claro, era poner rumbo a lo desconocido. El 26 de julio de 1972, día en que Alexander cumplía 17 años, tenía una cita con su abuela. Sin mediar palabra, Vreeland lo subió a un auto y lo llevó al concierto de The Rolling Stones en el Madison Square Garden. Terminaron en la azotea del hotel St. Regis, en la fiesta privada posterior organizada por el cantante del grupo: “No tenía idea de que Mick Jagger cumplía el mismo día que yo. Fue fantástico. Ese era el tipo de experiencias que la convertían en alguien único. Además, siempre conseguía que me sintiera como uno más entre toda esa gente”, concede.

De todos sus nietos, Alexander es el único que, en cierto modo, ha continuado su estela. Trabajó en Ralph Lauren y Giorgio Armani en labores de marketing y comunicación hasta que hace cinco años decidió dedicarse a gestionar el legado intelectual de su abuela. La herencia de esta mujer visionaria y exigente, capaz de tirar a la basura una sesión de fotos de Richard Avedon y desafiar los convencionalismos de esa columna que es una institución, Why don’t you?, es desde luego ingente. Después de sus 26 años en Bazaar, Diana Vreeland recaló en el Vogue estadounidense, para terminar dando forma al Instituto del Traje del Museo Metropolitano de Nueva York (MET), donde se estrenó en 1973 con la exposición The World of Balenciaga. Las inauguraciones de sus proyectos no tardaron en convertirse en cita imprescindible de la agenda social de la Gran Manzana. “Siempre estaba a la caza de novedades. No se conformaba con su restaurante de siempre, quería probar otros. Y, allá donde iba, creaba una revolución. Estoy seguro de que por esa naturaleza experimental cometió muchos errores, pero tenía grandes dones: su gran imaginación y una excelente manera de comunicarse con la gente. Era tremendamente inspiradora”, asegura su nieto, que no concede un ápice de credibilidad a su fama de jefa atroz.

La casa de Alexander difiere totalmente de la línea apasionada y delirante de aquel jardín del infierno que era el departamento de la Vreeland, un templo del horror vacui consagrado al color rojo y a los cortinones estampados y en el que él tenía su propia habitación. Estamos en un espacio minimalista, con apenas un puñado de muebles de estilo escandinavo. Sin cortinas. Alguna foto de Avedon, unos cuantos bocetos, fotos de su hermano Nicholas (que, tras vivir durante 12 años con la abuela, se convirtió en monje budista y acabó en un monasterio en el sur de la India)… Por fin, en el dormitorio, como un tesoro escondido bajo un encuadernado de enciclopedia antigua, aparecen todos los ejemplares de la revista de la era Vreeland. Los encontró en unas cajas olvidadas en una de las casas de la familia. El resto de sus pertenencias habían desaparecido. “Cuando murió la abuela, mi padre y mi tío vendieron todo lo vendible. Y no era tanto. Ella no era una coleccionista de arte. Lo que le gustaba lo tenía impoluto, pero eran pequeñas cosas: sus zapatos, su cubertería de plata, sus mesas…”.

Wp-dvas-740

Lo que Alexander Vreeland gestiona no es, en realidad, tanto de herencia física –prácticamente desparecida–, como el legado artístico de Diana. Encargarse, en definitiva, de que su memoria siga viva. “Trato de contar la historia de lo que fue, pero sin editoralizarla. Sobre todo, quiero demostrar que al día de hoy sigue siendo relevante”. Pues en esta labor “esencial” entronca la nueva línea de perfumes que recrea el carácter único de la editora.
En cuanto se lanzó a bucear en los archivos familiares, el ahora perfumista se dio cuenta de que había encontrado un nuevo y apasionante trabajo, además de una fascinante manera de conocer en profundidad a su abuela. “No quería delegar esa labor a un grupo de personas que de vez en cuando me invitaran a las reuniones de la junta”, explica. Se puso manos a la obra. Publicó el libro Diana Vreeland Memos (Ed. Rizzoli) sobre los mensajes internos que enviaba en su época de Vogue, al tiempo que su esposa, Lisa Immordino Vreeland, remataba el documental Diana Vreeland: La mirada educada (2012).

Lo que resulta algo incuestionable, es que la llegada a la moda de esta titánica mujer, para la que hasta una visita al hospital (en sus últimos días, con su enfisema pulmonar y todo) suponía una puerta a la fabulación, coincidió con un momento especialmente fructífero –creativa e intelectualmente–, en un sector, el periodístico, que apenas podría reconocer en la actualidad. “Ahora el mercado editorial es realmente gigante y más corporativo. Mi abuela era una mujer respetada en aquel entonces. Ayudaba a aquellos en los que creía realmente, como los diseñadores Manolo lahnik o Diane von Furstenberg. No tenía la autoridad que le conferirían hoy en día”, razona el nieto, que concluye reflexivo: “Cuando exploramos el archivo, encontramos que apenas había concedido seis entrevistas en toda su vida. Hoy habría seis cada semana. Pero creo que fue mucho mejor así. Nunca se comprometió profesionalmente con nadie y jamás perdió la libertad de hacer lo que le diera la gana”.

 

Créditos Fotos: Diego Uchtel, Inez & Vindooh, Bert Morgan.

Comentarios

    Escribe un comentario

    Leer después