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El legado de Diana

El legado de Diana

Al mismo tiempo que una exhibición en el Palacio de Kensington muestra el clóset de la fallecida Princesa de Gales, Justine Picardie rinde homenaje a un ícono del estilo de la realeza.

Nunca conocí a Diana, pero, como millones de personas que vivieron en su época, fui testigo de cómo creció su fama y de la salvaje convulsión de dolor que se apoderó del mundo después de su súbita muerte, hace dos décadas.

Ella y yo teníamos la misma edad, nacimos con días de diferencia una de la otra y, aunque nuestros caminos nunca se cruzaron, conozco a algunas personas que eran cercanas a ella. Sin embargo, para mí sigue siendo un espíritu elusivo y enigmático.

No obstante, lo que está claro –como es evidente en los retratos de Diana hechos por Patrick Demarchelier y publicados en Harper’s Bazaar– es que tanto antes como después de su muerte ella era una gran belleza. Y también fue una querida amiga de la entonces editora de Bazaar, Liz Tilberis, quien conoció por primera vez a la princesa a mediados de los ochenta.

En la época de sus primeros encuentros, Diana era profundamente infeliz y sufría por la bulimia que la atormentaba desde su compromiso con el príncipe Carlos, ocurrido cuando tenía solo 19 años, y por la pena asociada a un matrimonio fallido. En su tributo en memoria de la princesa, Tilberis escribió en Bazaar: “Mientras Diana pasaba por algunos de los peores momentos de su vida, yo también pasaba por los míos. Cuando me diagnosticaron cáncer de ovario, en 1993, Diana se convirtió en una de las amigas más leales y alentadoras. A pesar de sus propios problemas a causa de su separación y divorcio, y de sus miles de compromisos, me llamaba constantemente”. Esta bondad y compasión también se manifestaba en la cálida y sincera cercanía de Diana con la gente sin hogar, personas con sida y aquellos aquejados por enfermedades como la lepra, que los había empujado más allá de los márgenes de la sociedad. “¿Cuántos de nosotros mostramos en nuestra vida ese nivel de generosidad?”, preguntó Tilberis. “Solo ahora podemos ver realmente qué tanto estaba del lado de los ángeles. Una brillante luz se ha ido de mi vida y siento que el mundo se ha convertido en un lugar más oscuro ahora que ella no está”.

Muchos otros amigos de Diana reconocieron su inestabilidad, pero la adoraban de igual manera. Clive James, por ejemplo, al escribir en The New Yorker dos semanas después de su muerte, admitió: “Incluso antes de conocerla ya había adivinado que era una persona difícil. Después de conocerla, no había duda al respecto. Era claramente una persona irritable, en el mejor de los casos era inestable y cuando había demasiada presión sobre ella, todos estos rasgos se agudizaban. Pero incluso habiendo llegado a esta conclusión, yo ya estaba embelesado y a partir de entonces todo lo que supe de ella fue de primera mano. Incluso –especialmente– sus fracasos y sus locuras solo me hicieron amarla más, porque no había una sola de ellas que no hubiera sido mía alguna vez y algunas aún lo eran. En su vívido drama interior veía el mío”.

Sus palabras me parecieron notablemente perceptivas, ya que la imagen que Diana proyectaba no era la de un distante miembro de la realeza, sino la de una mujer talentosa, con una habilidad casi milagrosa para reflejar los problemas y las tribulaciones, así como los triunfos en la vida diaria de los demás y en la suya propia. Por consiguiente, mucha gente sintió que, después de su muerte en un accidente de auto en París el 31 de agosto de 1997, habían perdido trágicamente a una verdadera amiga.

Debo confesar que yo no fui de las que lloraron su muerte de esa forma; en parte porque el fallecimiento de Diana coincidió con los últimos días de vida de mi hermana –quien murió de cáncer tres semanas después– y yo estaba mucho más preocupada por su sufrimiento. Pero en los meses que siguieron me preguntaba si el profundo luto nacional por Diana era una expresión de algo más. ¿Acaso era un profundo lamento por el final del “felices para siempre” que su boda había prometido? “Esto es de lo que están hechos los cuentos de hadas”, proclamó Robert Runcie, arzobispo de Canterbury, cuando presidía la ceremonia nupcial en la Catedral de San Pablo el 29 de julio de 1981, mientras la luz del sol bañaba a los cientos de miles de espectadores que se alinearon en la ruta del recorrido de Diana.

Pero las sombras ya eran evidentes para cualquiera que no estuviera seducido por el mito romántico. Previamente ese año, en su primera aparición oficial para la televisión, Diana lucía como una tímida y virginal adolescente cuya belleza estaba empezando a emerger, con su recatada blusa con una cinta y un traje azul a juego con su anillo de compromiso de zafiro. A su lado estaba su guapo príncipe, casi 13 años mayor que ella, pero su vacilante respuesta a la cortés pregunta del entrevistador sobre si los recién comprometidos estaban enamorados no fue del todo alentadora: “Lo que sea que ‘enamorados’ signifique”. Fue la vaga respuesta que recibieron los periodistas.

Pese a las dudas que, en privado, pudiera estar sintiendo la pareja después de su demasiado breve cortejo, parecía no haber vuelta atrás. De hecho, como la misma Diana admitió posteriormente en una entrevista grabada en secreto por su biógrafo Andrew Morton, dos días antes de la boda ella estaba abrumada por el miedo de que el príncipe Carlos aún estuviera enamorado de su antigua novia Camilla Parker Bowles. “Le dijo a sus dos hermanas: ‘No puedo casarme con él, no puedo hacer esto’”. La respuesta de ellas, según Diana, fue pragmática: “Tu cara está en los paños de cocina, así que es muy tarde para que te acobardes”. Para entonces su cara no solo estaba en los souvenirs, sino que aparecía en todos los diarios y en numerosas portadas de revistas. Y así como aumentaba su fama, también su ansiedad.

Esta fue entonces la joven que caminó por el pasillo poco después de su vigésimo cumpleaños, observada por una audiencia televisiva global de 750 millones de personas. Como otra de las biógrafas de Diana, Sally Bedell Smith, ha señalado: “Su voluminoso vestido de boda de tafetán y encaje color marfil, con su cola de 25 pies, fue una visión romántica sacada directamente de las novelas escritas por su abuelastra Barbara Cartland. Durante su compromiso, Diana había perdido alrededor de seis kilos y su cintura se redujo de 73 a 58 centímetros, ocasionando que los diseñadores tuvieran que ajustar varias veces el vestido. Para el público, el vestido enfatizaba la cualidad de cuento de hadas de la boda y reforzaba las fantasías acerca de la hermosa e inocente princesa y su príncipe encantador”.

Pero en privado, Diana sentía que estaba viviendo una pesadilla. En otra de sus entrevistas grabadas para Andrew Morton –un antiguo reportero sensacionalista con quien cooperó clandestinamente–, ella dice que entre su compromiso y el día de la boda: “Me reduje a nada”. La princesa se refería a su dramática pérdida de peso, pero también parecía que la adulación de su público la dejó sintiéndose vacía por dentro, en lugar de reconocida –aunque algunos de los que la conocían también han especulado que mientras más atención se le concedía, más la anhelaba, para llenar un vacío interior. La voz de Diana, en las cintas de Morton, suena extrañamente plana –un efecto perturbador que se incrementa por su uso de la tercera persona– y casi separada de las intensas experiencias personales que estaba describiendo, incluidos los preocupantes incidentes en que se autolesionaba y sus intentos de suicidio. “El lado público era muy distinto al lado privado”, dijo en una de esas cintas. “Querían a una princesa de cuento que viniera y los tocara; al hacerlo, todo se convertiría en oro y todas sus preocupaciones se olvidarían. Poco se daban cuenta de que por dentro ella se crucificaba, porque no creía ser lo suficientemente buena. ‘¿Por qué yo? ¿Por qué todo ese despliegue publicitario?’”.

Tal vez en esas palabras yace su tragedia y la ambivalencia y la dualidad que hacen a Diana tan inescrutable. De hecho, a mí me parece menos una heroína romántica que un personaje de una novela gótica de Daphne du Maurier, como los narradores poco confiables u otros protagonistas de Rebecca y My Cousin Rachel. Hay una gran cantidad de maneras en que uno puede entender sus motivos; y podemos interpretar su historia como la de una víctima inocente tan fácilmente como la de alguien empujado a cometer actos peligrosos por fuerzas más siniestras. En ocasiones, la princesa odiaba la intromisión de la prensa y detestaba a los paparazzi y, sin embargo, también estaba preparada para confabularse con ellos y anotar puntos en contra de su esposo.

Como hija de padres divorciados –su madre dejó a su padre, el vizconde de Althorp (más tarde el octavo Conde Spencer), cuando Diana tenía ocho años–, vivió la incertidumbre e inestabilidad de lo que más tarde describiría como “una niñez muy infeliz”. Puede o no ser una coincidencia que durante esos tensos primeros años, cada vez que su padre fotografiaba a la joven Diana, ella siempre parecía tener un talento natural frente a la cámara –capaz de sonreír o de posar, por muy tensa que se estuviera sintiendo. Sin embargo, cuando evocó sus memorias más tempranas de las ocasiones en que estaba frente a los demás con el atuendo requerido para cada ocasión, vinieron a ella sentimientos de angustia que revelaban el distanciamiento entre sus padres. “Recuerdo la decisión más agonizante que tuve que tomar jamás”, dijo a Morton. “Era dama de honor de mi primo hermano y para ir al ensayo debía lucir muy propia y usar un vestido. Mi mamá me dio un vestido verde y mi papá uno blanco. Ambos eran tan elegantes y hasta el día de hoy no puedo recordar cuál me puse, pero recuerdo estar totalmente traumatizada por ello”.

Tiempo después, estaba mejor capacitada para expresar su sentir por medio de la elección de sus atuendos –más memorablemente, en junio de 1994, cuando usó el que sería apodado su “vestido de la venganza”, la misma noche en que la entrevista del príncipe Carlos por Jonathan Dimbleby fue transmitida, aquella en la cual admitió su amorío con Camilla Parker Bowles. Ese día, la princesa combinó un elegante vestido corto en color negro con unos tacones Manolo Blahnik, relucientes uñas pintadas de rojo, brillante cabello rubio y una destellante sonrisa que cautivó al mundo.

Tres años más tarde, Diana tomó la decisión de subastar una parte sustancial de su clóset –79 vestidos de cóctel y de noche– a beneficio de sus obras de caridad; y como comentó el New York Times después del exitoso evento en Christie’s en Manhattan –el que recaudó 3.25 millones de dólares– “la ropa sigue el rastro de su metamorfosis, de la princesa con vuelos a los años de la ‘Dinastía Di’ y a la mujer que llevaba por su cuenta vestidos entallados en los años noventa”. La oferta más alta –de $USD222,500– fue por el vestido de terciopelo azul medianoche que la Princesa de Gales usó cuando bailó en la Casa Blanca con John Travolta en 1985; y este forma parte de una colección de sus prendas más icónicas, mismas que integran Diana: Her Fashion Story, una exposición –que estará abierta al público hasta el siguiente año– en el Palacio de Kensington.

El escenario de la exposición aporta una aflicción adicional –la princesa vivió en un departamento del Palacio de Kensington desde la época de su boda hasta su muerte, y su hijo mayor, el príncipe Guillermo, actualmente tiene ahí su casa familiar. Temprano en la mañana, después de la muerte de Diana, flores y notas escritas a mano empezaron a aparecer a las puertas del Palacio de Kensington y durante los siguientes días, más de un millón de ramos fueron dejados. Yo estuve entre las legiones que fueron ahí, una noche en la que miles de dolientes se habían reunido afuera, muchos de ellos encendiendo velas en memoria de Diana. Un gentío hacía fila, esperando silenciosamente para firmar un libro de condolencias para la princesa; algunos de ellos lloraban por una mujer que nunca habían conocido, pero cuya pérdida sentían profundamente. Personas de distintas edades sintieron su muerte como la de un familiar.

Fue la época más extraña –febril, difícil, con emociones intensificadas que anularon la tradicional cautela británica–. Tal vez porque la muerte de mi propia hermana se aproximaba, cualquier tristeza que yo sintiera por Diana tenía más que ver con la conciencia de que sus dos hijos habían perdido a su madre demasiado jóvenes, precisamente como ocurriría pronto con los hijos de mi hermana. Pero también sentía un inquietante distanciamiento de los dolientes a mi alrededor y me preguntaba qué era lo que Diana representaba y por qué ya estaba siendo transformada de una celebridad en una santa.

Están aquellos para quienes Diana sigue siendo la quintaesencia del estrellato moderno: deslumbrante en la vida, lejana en la muerte, parte del misterioso patrón de un oscuro firmamento en el cual buscamos para descubrir un significado. Pero al final, prefiero el tributo que ha sido elegido por los jardineros del Palacio de Kensington, quienes están creando durante este otoño, primavera en el hemisferio norte, un jardín blanco en memoria de Diana. Plantado con rosas inglesas, narcisos perfumados y una alfombra de no me olvides, funciona como una perfecto recordatorio que Diana, por más famosa que fuera, fue una persona real.

Créditos Fotografías: Getty Images, Archivo Editorial Televisa, Historic Royal Palaces, Richard Lea Hair y Agustina Martínez

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