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El tormento perfecto: Jacques de Bascher

El tormento perfecto: Jacques de Bascher

Fue el gran amor de Karl Lagerfeld y la perdición de Yves Saint Laurent. Bello, manipulador y culto, hizo de la decadencia su profesión. Y de la seducción, su herramienta de trabajo. Esta primavera, un libro de su gran amigo Philippe Heurtault rescata su figura, por fin, de primera mano. Harper’s Bazaar habló con el fotógrafo francés sobre el verdadero dandi del siglo XX: Jacques de Bascher.

Hay personajes que son capaces de atravesar las capas del tiempo para reclamar un lugar en la historia y exigir que esta se postre a sus pies. Por lo general, sus méritos son evidentes y trascienden el panteón de los mortales. Pero también hay seres cuyo legado tiene la transparencia del viento, un elemento que no posee cualidades tangibles, aunque puede transformarse en una fuerza capaz de destruir todo lo que le rodea. Y también de dar forma a la naturaleza de sus semejantes. Es el caso de Jacques de Bascher, un joven proveniente de la aristocracia menor francesa, un entusiasta, un dandi oscuro y luminoso a la vez, erudito, inteligente y manipulador que, mientras vivía a costa de Karl Lagerfeld, era capaz de seducir hasta la locura a Yves Saint Laurent. Alguien a quien el creador alemán consintió casi todo porque fue el amor de su vida, su protegido y su fuente de inspiración. Y, de algún modo, también su prisionero.

Desde el mismo instante en el que se conocieron en 1973, en el club Nuage de París –que pertenecía a la pareja de Valentino y donde ya entonces Guy Cuevas marcaba los ritmos de la noche más chic–, sus vidas quedarían vinculadas. En aquella época, el diseñador alemán se rodeaba de bellezas directamente salidas de la Factory de Andy Warhol, como Pat Cleveland, Donna Jordan y Jane Forth, y de su amigo más íntimo, el genial ilustrador puertorriqueño Antonio López. Lagerfeld rozaba los cuarenta años y, aunque aún no era el káiser de la moda en el que luego se convertiría, sí contaba con mucho prestigio. Diseñador de Chloé y Fendi (Chanel llegaría años más tarde), provenía además de una familia adinerada y ganaba lo suficiente como para satisfacer sus constantes adquisiciones inmobiliarias y suplir los exclusivos bienes con una colección de muebles art déco inigualable.

Por su parte, De Bascher (nacido en 1951) era un joven de 21 años, que arrebataba las miradas con su belleza clásica y proustiana. Y alguien con un gusto muy desarrollado por la provocación, rasgo que ejerció a conciencia toda su vida, así como en su breve paso por la marina francesa, a la que decidió unirse no como aspirante a oficial –que era a lo que su condición social y su inteligencia le predisponían–, sino entre los soldados rasos y rudos a los que disfrutaba seduciendo. Conquistar lo inalcanzable era parte de su espíritu y la seguridad en sí mismo, su motor principal. De hecho, meses antes de este primer encuentro con Lagerfeld, le diría a su mejor amigo, el fotógrafo Philippe Heurtault: “¿Ves a ese tipo? Va a convertirse en un diseñador famosísimo y va a ser mi pareja”. Muchos en París lo veían, y todavía lo recuerdan, como un manipulador, incluso como un tipo mezquino y arrogante. Sobre todo por su participación en el descenso a los infiernos de Saint Laurent, pero también desde que consiguió los favores de Lagerfeld y eso lo colocó en una posición privilegiada que, en ocasiones, podía aprovechar para sacar a pasear la daga venenosa que se escondía entre sus labios. “Jacques era un chico adorable. No era en absoluto malvado. Podría ser caprichoso, odioso, pero por el gusto de provocar. Si a veces parecía mezquino era porque sus futuras víctimas se lo buscaban. Había quien esperaba eso de él”, cuenta Heurtault a Harper’s Bazaar. Esta primavera publicará un libro de las fotografías (algunas de las cuales ilustran este reportaje) que hizo de Jacques de Bascher durante su larga juventud, acompañadas de textos en los que narra en secuencias su relación. Una obra que se titulará Elogio de la caída (a editar por Michel de Maule) y gracias a la que, según el coeditor y prologuista de la misma, Christian Dumais-Lvowski, tendremos un testimonio de primera mano sobre él, ya que, hasta ahora, solo conocíamos su figura por medio del libro de Alicia Drake, The Beautiful Full, que es magnífico, o de la reciente investigación periodística de Marie Ottavi en Dandy de l’Ombre.

La impresión negativa que acompaña a De Bascher puso precisamente en dificultad a esta periodista del diario francés Libération, quien encontró serias resistencias en el proceso de escritora de su biografía. “Unos creen que fue un prostituto y un gigoló; otros fueron muy duros y dijeron que no querían hablar de este tipo”, confiesa Ottavi desde París. Sin embargo, sí consiguió que el propio Lagerfeld accediera a contarle cómo fue su relación con Jacques, sobre el que, hasta la fecha, había mantenido un silencio total y cuyas actuales declaraciones suenan al canto de un cisne. “Había hecho algún comentario en entrevistas, pero nada más”, continúa la periodista. “En nuestros dos encuentros compartió su pasión por él, que va más allá de la ideal general que se tiene de que ambos se utilizaban mutuamente. Fue su gran amor y se convirtió también en su gran pérdida”.

A pesar de que en determinados ambientes sociales parisienses unos más y otros menos tenía una amante o un mantenido, lo peculiar de su relación ciertamente llama la atención. El joven se pasea en el Rolls Royce del diseñador, come, bebe, viaja y se viste con el dinero de Lagerfeld y, sin embargo, no conviven, no comparten ni techo ni cama. “Nunca hicimos el amor, jamás, se lo juro. De lo contrario se lo diría, no es un crimen”, relata el diseñador en Dany de l’Ombre con su habitual tono irónico. “Así evitamos los celos, la competición. Nos desembarazamos de la pesadumbre que conocemos en las historias de romances clásicas. Y pudimos vivir una experiencia de amor absoluto, despreocupada y ligera, ya que el sexo no tenía importancia alguna”.

Jacques de Bascher, portrait by David Hockney #jacquesdebascher #davidhockney

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Excluyendo la interacción física de la ecuación, De Bascher se convirtió en una especie de avatar de Lagerfeld, cuya única obsesión real era trabajar sin descanso y que vivía a través de la mirada del joven, nutriéndose de su vida. “Jacques me aportaba algo que los demás simplemente no tenían. Si debo analizarlo con honestidad, disfrutaba de lo que él hacía. Seguramente es una perversión mía, algo incorrecto”, dice el diseñador, sin expresar una pizca de vergüenza. A cambio, su protegido vivió siempre en departamentos puestos a su disposición, incluyendo uno de 380 metros cuadrados en la selecta Place Saint Sulpice de la maravillosa Rive Gauche, donde organizaba memorables fiestas con enormes dimensiones, en las que no faltaban ni los bomberos de la zona ni personalidad del mundo de la moda y la cultura. Tampoco las drogas, a las que el joven era más que aficionado. Pero tanta dependencia, libertad, le pasarían la cuenta al potencial creativo de De Bascher, tanto que entraría en una espiral de ociosidad que le permitió dedicarse únicamente a la satisfacción de su propia imagen. Ser un poema, en lugar de un poeta.

 

Según Christian Dumais-Lvowski –escritor, autor de documentales de danza y director de la colección Souffle de L’esprit en la editorial Actes Sud–, que fue amigo de De Bascher desde 1975 hasta su muerte, “había en él una parte de frustración por no haber creado otra cosa que a sí mismo”. Y, sin embargo, él era a la vez el creador, la creación y la criatura”. Y añade: “Su padre fue administrador en la colonia de Indochina y, cuando regresó a Francia, tenía una viña y un pequeño castillo, pero no había realmente nada brillante en todo aquello; según Jacques, que va a convertirse justo en el personaje brillante de esta familia, incluso si la luz es negra o falsa. Él tenía la ambición de existir y de hacer existir. Si no hubiera desaparecido a los 38 años, me pregunto realmente en qué se habría convertido, aunque es probable que se hubiese estrellado. O quizá no. Karl aún está ahí y podría haber hecho mucho por él, quién sabe. De todos modos, lo que a mí siempre me ha interesado de Jacques es la creación de un personaje como una obra de arte viva”.

Efectivamente, a excepción del que puede considerarse el primer fashion film de la historia, un digno y travieso cortometraje de 23 minutos escrito y dirigido por De Bascher, en 1977, titulado Histoire d’Eau (en clara referencia a la obra de inspiración sadomasoquista escrita por Pauline Réage), el joven no produjo nada concreto en su vida. Más allá de las teorías que podrían validar esta opción en una sociedad obsesionada con la productividad, rebelándose a la obligatoriedad de trabajar con la descarada bohemia del diletante, muchas son las voces que culpan a Lagerfeld del bloqueo creativo de De Bascher. De aspirar su alma y convertirlo en un juguete, sabiendo que sus noches de alcohol, drogas y sexo, que no solo conocía, sino que pagaba de su propio bolsillo, lo convertían en una marioneta, en alguien a su merced. “Karl ponía a disposición de Jacques lo que él quería”, sentencia Philipe Heurtault, quien explica, además, que “Jaques sufría por no poder estar al nivel de la gente de la que se rodeaba; creadores como Francis Bacon, David Hockney, Andy Warhol, Leonard Bernstein… Lo único que podía hacer era lo que mejor sabía: seducirlos”, concluye.

Una de esas víctimas notorias sería el niño prodigio de la costura francesa: Yves Saint Laurent. Y su corta e intensa relación –paralela a la que tenía con Lagerfeld, quien estaba al corriente de todo, al igual que Pierre Bergé– desencadenaría una tormenta que dividió en dos el mundo de la moda de la época y que aún hoy no tiene solución posible, mostrando las cicatrices de aquel delirio. A mediados de los años setenta, el minúsculo club Le Sept, en la rue Sainte Anne, era el centro del universo. Allá se dejaba caer a veces también Saint Laurent con sus íntimas amigas y musas, Betty Catroux y Loulou de la Falaise. Su pareja y director financiero de YSL, Pierre Bergé, le permitía desahogarse de las presiones a las que la industria le sometía, pero su personalidad compulsiva lo llevaba más lejos de lo que su fortaleza mental soportaba. Sustentado en el consumo de drogas y en la sumisión emocional del diseñador, el affaire comenzó a escapársele de las manos, hasta el punto de que, una noche, el diseñador, que era ya una celebridad, terminó en la comisaría tras perder los nervios asediando a De Bascher en su departamento. Por su parte, Bergé llegó a agredir al joven en público, algo inaudito entonces, según Heurtault, que vivió el desenlace en primera fila: “Nunca vi violencia en aquel medio, ni siquiera verbal. Pero las acciones de Pierre Bergé, sus amenazas hacia Jacques fueron extremas”.

Tras la ruptura, Saint Laurent se cayó en un carrusel sin fin de narcóticos y curas de desintoxicación, mientras De Bascher deshacía sus delirios paranoicos en los clubes sadomasoquistas parisinos y de Nueva York que frecuentaba. Años después, contraería VIH, como si aun conociendo la existencia de la epidemia del sida se lanzase en brazos de la misma. En esa última caída, antes de fallecer, en 1989, este “ángel negro” contó, como siempre, con el apoyo e incluso los cuidados de Lagerfeld, que nunca lo abandonó. Y que tampoco permitió que nadie, más allá de su familia inmediata, compartiera con él el último suspiro del amor de su vida”.

Créditos Fotos: Phillipe Heaurtault

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