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Celebrities

Lupita Nyong’o: Más que una cara bonita

Lupita Nyong’o: Más que una cara bonita

En dos años, Lupita pasó de ser una estudiante anónima a una ganadora del Oscar. En este diálogo con Bazaar, se explayó sobre lo extraño que le resulta ser reconocida, llorar en público y manifestarse como mujer de color en Hollywood.

Entre foto y foto, en una tienda de King’s Cross, en Londres, Lupita Nyong’o baila. Nada estrafalario, solo un leve movimiento de caderas o giros con la cabeza al son de la música de fondo. Está rodeada de gente –agentes, estilistas y representantes de Lancôme (es la nueva embajadora de la marca)– que están ahí por ella; solo que ella no baila para ninguno de ellos. Es el tipo de baile que uno puede hacer mientras se está secando el pelo o hablando por teléfono; movimientos que solo uno puede percibir. Pero esta mujer se contornea como una bailarina profesional, y estalla en una carcajada. Baila como en una especie de ensoñación, como si estuviera en la situación más íntima del mundo.

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“Hubo una época en la que tenía miedo de bailar”, cuenta Lupita. La sesión de fotos terminó y estamos en un café vacío en el último piso del edificio. Es el atardecer y se puede ver toda Londres, hasta The Shard y más allá; las luces se proyectan desde la ciudad. Se cambió el vestido naranja rabioso por un pantalón y un suéter negro, como si alguien hubiera bajado el volumen. Habla bajo, la música ya no se escucha, el bullicio se fue a otra parte. “Mi hermana bailaba sin preocuparse –continúa–, para divertirse. A mí me mortificaba la idea de balancear el cuerpo en distintas direcciones: luchaba conmigo misma porque no quería estar tan turbada. Quería disfrutar de la música sin que me importara cómo me veía. No sé cuándo fue que algo cambió en mi cabeza, pero me alegra muchísimo que haya sucedido porque creo que ser capaz de bailar y poder disfrutar del propio cuerpo es algo muy valioso. Para uno mismo, ¿me entiendes?”. Y hace una pausa. “Si esto me hubiera ocurrido en la época en que yo no me atrevía a bailar, ay, Dios: creo que habría sido terrible”, reflexiona.

“Esto” son los dos últimos años, cuando se disparó una de esas trayectorias que marean por su vértigo y que resultan inexplicables en cualquier mundo que no sea el de Hollywood. El ascenso de Nyong’o ha sido tan acelerado y extremo, que ella todavía está intentado entender qué fue lo que ocurrió. En 2012, todavía era una estudiante de teatro en la Yale School of Drama. Ese año, una grabación suya cayó en manos de Steve McQueen, quien estaba buscando una actriz para el papel de Patsey en su película 12 años de esclavitud. Convocaron a Lupita, le dieron el papel y ganó el Oscar (como mejor actriz de reparto). Fue su primer largometraje y, hasta el momento, el único. De ahí en adelante, vino una incansable campaña pre-Oscar, en la que apareció con una serie de vestidos largos que parecían gritar desde la alfombra roja: “Esta mujer va a ser importante”. Para cuando Lupita se paró afuera del Dolby Theatre en la noche de los Oscar, con un modelo celeste pálido de Prada, el mundo parecía estar totalmente familiarizado con ella. “Yo creía que todo terminaría después de la entrega de los premios –dice ahora refiriéndose al frenesí–. Pensé que el Oscar llegaría, se iría y que, de repente, todo volvería a ser normal y yo regresaría a mi departamento”, se ríe.

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La victoria presenta sus desafíos. En su discurso ante la Conferencia para Mujeres en Massachusetts, en diciembre del año pasado, habló sobre los riesgos profesionales de su triunfo. “Ultimamente, me atemorizaba no poder lidiar con todas las expectativas”, confesó ante una audiencia de diez mil mujeres. “Para el mundo, llegué a la cima del éxito en lo que hago y, en realidad, todavía tengo toda una vida por delante”. Con el Oscar en mano, no hubo modo de no comprenderla: luego de pasarse años temiendo el fracaso, ahora se encontraba apabullada por el éxito. “Nadie te enseña a lidiar con esa experiencia en particular –explica–. Y no se trata solo de ti, sino que también de cómo el mundo lidia con esa situación. No existe manual para eso”. ¿Buscó consejo o la solidaridad de algún grupo de apoyo destinado a personas en  estado de shock luego de haber ganado un Oscar? “Emma Thompson –dice rápido y casi sin aliento–, Emma Thompson, Emma Thompson, Emma Thompson”. Lupita recita su nombre casi como un mantra. “Fue tal el alivio… Ser testigo de cómo ella enfrentaba todo (el circuito de publicidad pre-Oscar) con facilidad, gracia y despreocupación. Ese es el tipo de persona que quiero ser. Quiero sentirme así de cómoda incluso en este medio tan extraño en el que estoy inserta”.

La alfombra roja fue el hogar de Lupita por un tiempo (un periodista del New York Times calculó que ella estuvo presente en 66 eventos en los cinco meses previos a los Oscar). ¿Cómo pudo mantener la cordura? “¿Sabes qué me mantuvo cuerda? No tener la menor idea. No haber experimentado nada similar antes. Era un territorio nuevo y yo no tenía ni idea de qué era lo normal en ese mundo. Todo era nuevo”. ¿Podría llegar a hacerlo otra vez? Ella se detiene a pensar y responde con calma: “No creo. Al menos no hasta ese punto”. No se escucha muy seguido a las actrices hablar así de cuán extraña se volvió su vida en un corto período. Por lo general, expresan una perfecta gratitud y dan un discurso muy bien aprendido sobre su espectacular buena suerte. Pero Nyong’o no es ingenua: no habla cándidamente por ser nueva en la profesión. Tampoco es que sea desagradecida o que pretenda ganarse la simpatía de la gente para con su éxito personal; no tiene una pizca de autocompasión. Aún hoy está intentando elaborar cómo sobrevivir. “Sin lugar a dudas, es algo con lo que me las tengo que ver cada día. ¿Cuáles son mis prioridades hoy? ¿Cómo garantizo que mi año no esté plagado de trabajo de celebridad en vez de trabajo actoral?”. Ella es testigo de cómo la imagen de uno mismo puede superar la realidad e incluso desarrollar algo así como una vida propia. De hecho, la invitan de todo el mundo para entrevistas en revistas, campañas publicitarias, discursos inaugurales (sí, discursos inaugurales: Lupita ha hecho una carrera meteórica hacia el estrellato y también como oradora). De repente, lo que la llevó a esa posición –la actuación cruda y desafiante del papel de una esclava en el sur profundo–, curiosamente, se volvió algo lejano. Tras un largo período en que la balanza se inclinó decididamente hacia la fama, por fin hay proyectos en la mira. Participó de la última versión de Star Wars, que se estrenará en diciembre (“No soy una fanática de la ciencia ficción pero estoy intentando seriamente llegar a serlo”, explica).

Está por comenzar a filmar Queen of Katwe, la historia de una campeona de ajedrez de Uganda, dirigida por Mira Nair; y va a producir y actuar en la adaptación de la novela Americanah de Chimamanda Ngozi Adichie. Lupita compró los derechos del libro luego de filmar 12 años de esclavitud, pero antes de que la película se estrenara. Era, para entonces, una absoluta desconocida; circunstancia que no la desalentó. Admiraba la obra de Adichie y le escribió por intermedio de un amigo en común. “Le di mi pequeño discurso –cuenta hoy con una sonrisa– y llevó un tiempo conseguir los derechos, pero lo logré”. Lo cual da una clara idea de su férrea determinación. En la coproducción está Plan B, la productora de Brad Pitt, que también produjo 12 años de esclavitud. “Entonces, estoy en buena compañía”, dice. Pero aún no hay señales de que vaya a entregarle las riendas a quienes cuentan con más experiencia: mantiene su firme compromiso y a la vez, aprende cómo producir una película en Hollywood. “Mi mamá siempre dice: ‘A veces, saber demasiado puede llevarte a ser más lenta’”.

Mucha gente en su excepcional posición (dueña de un contrato con Lancôme, al que Isabella Rosellini alguna vez describió como “ganarse la lotería”, un pasaje a la libertad creativa) se sentaría a esperar a que desfilen los guiones, se dejaría homenajear y elegiría los papeles más codiciados. Pero Lupita no. “Disfruto aprender cosas nuevas. Por alguna razón, me gusta sentirme incómoda. Es más interesante, más estimulante…”. Le divierte su ineptitud para sentirse bien plantada. “Por eso soy actriz. Porque no hay nada cómodo en ser actriz. Estás siempre en la cornisa”, asegura.
Lupita evitó ser actriz lo más que pudo. Nació en México en 1983 y se crió en Kenia como hija de una pareja influyente: su madre es directora del Africa Cancer Foundation y su padre es político. Si bien la apoyaron en la actuación, nunca fue tomada en serio en su círculo social en Nairobi. Ella sentía que podía llegar a dedicarse a una profesión “apropiada” (doctora, profesora, abogada…) y sentía cierta vergüenza de sus tremendas ganas  de actuar. Después de terminar sus estudios en el Hampshire College, en Estados Unidos, volvió a Kenia, desorientada y perpleja, queriendo una sola cosa, pero siendo incapaz de admitirla, incluso frente a sí misma. Entonces, comenzó a trabajar como asistente de producción en cine. En una anécdota que a menudo cuenta, mientras trabajaba en el set de El jardinero fiel, tuvo una conversación con Ralph Fiennes sobre su ambición oculta de actuar, y él le dijo que se dedicara a cualquier otra cosa a menos que actuar fuese lo único que ella podía llegar a hacer. Le tomó un tiempo darse cuenta de que era así.

A pesar de que la vocación de Lupita hoy resulta evidente, su inseguridad persiste. Le contó a la audiencia de Massachusetts que tuvo que convertirse en “una superversión de mí misma para poder sostener las versiones de mí que me observan fijamente desde las portadas de las revistas”. ¿Por qué –y cómo– habla sobre sí misma de un modo tan franco? “Me gustaría poder tomármelo más ligero a veces”, dice con pesar. “Por eso no puedo dar este tipo de discurso todos los fines de semana; cuesta mucho compartir algo desde la profundidad. Pero no sé hacerlo de otro modo”. “Los kenianos son muy ceremoniosos. Hay una formalidad para los encuentros, que viene de nuestra condición colonial. La oratoria es verdaderamente algo muy importante para los kenianos. ¡El modo en que uno se dirige a las masas es casi un arte!”. Ella observó a su padre dar discursos políticos, vio la importancia de saber hablar claro y con convicción, y reconoce que no a todo el mundo se le ofrece un estrado y por ello, a quien le toca, debe saber usarlo muy bien. “No quiero hacerle perder tiempo a nadie –afirma–. Si no tienes nada para decir, pues no deberías estar allí ocupando ese lugar tan privilegiado”, asegura.

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Lo que ella elige contar está casi siempre dirigido a los jóvenes. Cerró su discurso en la entrega de los Oscar –la voz tomada por la emoción– con las siguientes líneas: “Cuando mire esta estatuilla de oro, me recordará a mí, y a cualquier niño, que no importa de dónde vengas, tus sueños siempre son válidos”. Y en el evento Essence Black Women de Hollywood, respondió la carta de una niña que le había escrito expresándole su gratitud por su presencia en la pantalla porque “cuando estaba por comprarme Dencia Whitenicious (una crema blanqueadora), apareciste en el mapa y me salvaste”. ¿Sientes alguna vez el peso de la responsabilidad que significa el color de tu piel, a diferencia de otros actores? Lupita hace una pausa antes de hablar. “Es una pregunta interesante –acota finalmente–. No creo que la responsabilidad que siento provenga de otro lugar más que de mis entrañas. Siento la responsabilidad de hablar de ciertas cosas porque desearía que alguien me las hubiera dicho a mí”. Inclina la cabeza hacia atrás y mira en dirección al techo. “Creo que por eso tengo un profundo deseo de hablarle a los niños, mmm…”. Escarba dentro de su cartera y se maldice: “Ayyy, ya estoy llorando. Siempre tengo pañuelitos. Esto me pasa muy seguido”. Y me mira: “Seguro que vas a escribir sobre esto. ¡Ay, Dios mío!”. Es cierto, sus apariciones públicas muchas veces resultan interrumpidas por lágrimas que no son histriónicas. Pero nunca impiden que ella continúe hablando. Se recompone y vuelve a la entrevista: “Sé que estoy en una posición única, por la cual miles de personas alrededor del mundo me están mirando y se conectan conmigo, y debido a mi procedencia y a la poca representación que tiene, es que siento no la responsabilidad sino el ímpetu de hablar. Es un ímpetu”, expresa.

Las cifras cuentan su propia historia: es una de las primeras actrices de color que gana un Oscar y la primera embajadora morena de Lancôme. Durante la sesión de fotos, un representante de la marca admira el tono de rojo elegido para pintarle las uñas (un color que no funciona tan bien para una piel blanca). Lupita está transformando la imagen de la belleza. Y, como sostiene ella misma, ya era hora. “Es el 2015. Todos podríamos usar un poquito de diversidad”, dice. Por eso también quiere hacer Americanah: no solo porque la historia trata sobre la muy poco explorada historia de los africanos en Estados Unidos, sino que también con el fin de mostrar a la audiencia occidental que África es un continente, no un concepto, que contiene una mezcla ilimitada de gente y lenguas. ¿Resulta frustrante que la gente simplifique a tal extremo? “Sí –responde–. Es tedioso tener que volver a explicar que hablo inglés porque los kenianos hablamos inglés”.
Toda su familia está en Kenia. Es su hogar a pesar de que no ha vuelto desde 2013, antes de que estallara la locura. Ella extraña el país y a su familia muy sentidamente, pero se mantiene en contacto ininterrumpido a través de mensajes de texto. Así, en cualquier momento, puede enterarse de que su mamá está en medio del tráfico caótico o qué falda se está por comprar su hermana. No es perfecto, pero es parte de la adaptación. Su vida actual es itinerante, recorre varios continentes. Ve a sus viejos amigos, del Hampshire College y de Yale, en las raras ocasiones en que regresa a Nueva York y a su departamento en Brooklyn. Para poder tener tiempo para ella misma, hace muy poco se tuvo que ir –y no me dice a dónde– a un lugar donde nadie la conocía para poder ser una más del montón, anónima. En medio de todo esto, ¿acaso tiene tiempo para la vida amorosa? Se sonríe y simplemente agrega: “Me reservo el derecho al silencio”. Lupita habla más francamente que cualquier otra actriz que he conocido. Pero tiene sus límites.

Créditos Fotos: Alexi Lubomirski Estilismo: Miranwda Almond

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