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Música y moda: un dúo que sigue cosechando momentos memorables

Música y moda: un dúo que sigue cosechando momentos memorables

La relación entre la moda y la industria musical sigue generando éxitos y auténticos fenómenos de las masas. En esta nota repasamos los mejores momentos.

 

Siempre ha sido difícil hablar de una subcultura sin referirse a sus códigos estéticos. Es como retratar un género musical restringiéndose exclusivamente a la faceta sonora. Mucho antes de que David Bowie llamara a la puerta del diseñador Kansai Yamamoto con el propósito de confiarle gran parte del vestuario de su álter ego, Ziggy Stardust, lo que sirvió al japonés para dar a conocer sus estrambóticos kimonos al resto del planeta, la música y el universo de la moda ya habían coqueteado en numerosas ocasiones, forjando lazos inexorables y contribuyendo a la creación de imaginarios que actualmente continúan vigentes sobre cada uno de los movimientos que han ocurrido a lo largo de la historia de la cultura popular.

¿Es posible recordar la música de Janis Joplin sin eludir a sus pantalones de campana de flores y gafas redondas XL? Raramente. Al igual que resulta imposible pensar en la primera ola del punk sin citar a la pareja formada por Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, y su boutique Sex en el número 430 de la calle londinense King’s Road.

 

Si bien en los 60 es cuando el binomio moda y música cobra visibilidad gracias a la irrupción de unos Sex Pistols ataviados con diseños de Westwood en una escena musical marcada por la era hippie (demasiadas dosis de psicotrópicos y buena onda), 30 años antes las Bobby-saxers (adolescentes fans de Frank Sinatra) habían impuesto su estética de colegiala, que consistía en faldas poodle, calcetines blancos y zapatos planos bicolor, a toda una generación que bailaba al ritmo de los crooners de la época. En vísperas de que la británica Mary Quant creara sin percatarse el uniforme que imperaría en la década de los 60, coincidiendo con el despertar mod: la minifalda.

La cantante y actriz Nancy Sinatra llegó a confesar en una entrevista que toda su ropa salía del taller de Mary Quant. “Nadie sabía en ese entonces en Los Ángeles lo que era una minifalda. Cuando volví a Londres fui a ver a Quant. Ni siquiera sa-bía que más tarde cantaría These Boots Are Made for Walkin’ y yo ya tenía mi par”. Las mismas botas que inspiraron a Gwen Stefani para crear su colección de aires retro para su marca, L.A.M.B. Se trata de diseños que perduran en el tiempo convertidos hoy día en eternos iconos del movimiento pop.

 

 

Esta retroalimentación entre ambos mundos cobra entereza y popularidad cuando el camino se traza a la inversa: el mundo músical como catalizador de tendencias. El Sgt. Pepper ́s Lonely Hearts Club Band, de The Beatles (1967), constituye en esta dirección uno de los ejemplos más representativos. Burberry, Gucci o Balmain han llevado en más de una ocasión a su terreno ese atuendo diseñado por M. Berman Ltd, que lucía el cuarteto de Liverpool (uniformes militares de estilo eduardiano llevado al extremo de la teatralización) en prendas que siguen inscritas en la ciclicidad de la moda, reapareciendo en editoriales y vitrinas de varias temporadas.

Gianni Versace o Claude Montana no tardaron en sumarse al código de vestir que, a principio de los 80, lucían en las portadas de sus discos bandas que militaban en una electrónica heredera del krau- trock alemán, con Kraftwerk a la cabeza; corbatas, elementos asimétricos e iconografía inspirada en el modernismo ruso. Marc Jacobs hizo lo suyo y rindió un oportunista homenaje a Nirvana y a su líder, Kurt Cobain, en el pleno apogeo del nihilismo grunge con su colección para Perry Ellis; y Raf Simons volcado ahora en la escena hip hop, por su parte, confeccionó toda una colección (Riot, Riot, Riot, 2001) inspirada en el malogrado Richey James Edwards, primer guitarrista de la banda galesa de rock Manic Street Preachers, rindiendo tributo a los músicos con prendas militares plagadas de parches y eslóganes marxistas, convertidas actualmente en verdaderas reliquias de los clósets de Rihanna y Kanye West.

Cabe destacar las continuas colaboraciones de Hedi Slimane con personalidades del rock (Beck, Courtney Love, Ariel Pink, Marilyn Manson…) durante su etapa al mando de Saint Laurent, o retratando recientemente a Liam Gallagher para la portada de su debut en solitario, As You Were.

 

 

Pero si algo caracteriza la tendencia en los últimos años es la cantidad de featurings que surgen a modo de encargos. Es decir, cuando la industria de la música se encuentra con diseñadores en un intento de crear una marca con indumentarias hechas a medida y demanda. “Con la aparición de los videoclips, la imagen tomó la misma importancia que la música, cosa que no ha cambiado en la era de Internet. Por supuesto, no todos los artistas venden el mismo producto, pero los multiventas cuidan mucho su imagen, ya que no solo se trata de vender discos, sino también una idea y un concepto con el que se crea fidelidad con sus fans”, explica el diseñador libanés asentado en Madrid, Assaad Awad, que ha trabajado en diseños para Lady Gaga o Madonna. Hay que añadir la alianza de esta última con Jean-Paul Gaultier para el Blond Ambition Tour (1990), de una costumbre a la que se acoge hoy a cada una de las grandes estrellas de pop. La figura del diseñador fetiche aparece una y otra vez desde entonces como parte intrínseca de la cultura musical de masas. Cantante y creador se fusionan en una simbiosis casi perfecta, una relación sólida e inquebrantable a ojos de sus seguidores. Amén de idilios como los de Katy Perry y Jeremy Scott, Lady Gaga y Nicola Formichetti, Björk y el difunto Alexander McQueen, Miley Cirus y los españoles Maria Ke Fisherman o Florence Welch y Alessandro Michele.

Un puñado de nombres al azar de una dilatada lista de colaboraciones que ponen de manifiesto el futuro de una industria donde la imagen debe resultar tan convincente como el resto. Sería justo decir que, una vez más, Bowie dio el primer paso.

Créditos Autor: Daniel Mesa

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