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Cultura

Contemplación melancólica

Contemplación melancólica

Christiane Pooley es la pintora que Bazaar vislumbra como una de las promesas del arte nacional. Con estudios en la Universidad Católica y el Chelsea College of Art and Design de Londres, hoy regresa a Chile con una exhibición que apela a la belleza del espacio. 

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A pocos años de haber egresado de estudiar Bellas Artes en la Universidad Católica de Chile, Christiane Pooley recibió una llamada de la New Galerie de Francia. Querían invitarla a exponer en una muestra individual. Pese a saber de que se trataba de una oportunidad inigualable, la joven artista pasó tres días con los nervios de punta dándole vueltas a la idea. Los planos de la galería eran gigantes y estaría trabajando de la mano con gente de muchísima trayectoria. “Era la primera vez que mi obra tendría una visibilidad importante. También, fue mi primera exposición individual, por lo que aprendí enormemente sobre lo que significa trabajar como artista en un medio profesional”, recuerda. La muestra titulada I also ask myself, resultó todo un éxito cultural, tanto para la ciudad de París como para su carrera como pintora. La New Galerie había puesto sus ojos en Pooley por una razón, y pronto otras galerías europeas, famosas por sus gestiones culturales y reconocimiento del talento bruto, como Múnich y Venecia, quisieron exponer también su trabajo. Los grandes formatos de su primera exhibición individual, el óleo sobre diversos materiales, como tela, papel o madera, a la par con figuras de bronce y videos, llamaron la atención por su calidad, pero también por la melancolía que despiertan.

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Los personajes de sus cuadros a veces se presentan como si no estuvieran terminados, como envueltos por una humareda o desvaneciéndose carcomidos por sus emociones. También hay pausas, muchas pausas. Personajes de colores que contemplan algo más allá de sí mismos, que conectan con su espiritualidad. A primera vista, son simples figuras de óleo que aparecen admirando un cuadro, pero el trasfondo es mucho más. En ocasiones, son los propios espectadores de sus exhibiciones los que inspiran a Pooley, por lo que no es de sorprenderse que uno mismo pueda ser retratado en una futura obra tras haber sido testigo de sus pinturas en alguna exposición.

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Esta admiración por la delicadeza de las emociones humanas nació desde muy temprana edad. La soledad, la contemplación, la melancolía, la razón de existencia de un ser humano fueron algunos de los cuestionamientos que la artista se planteó en su infancia en Temuco y sus alrededores, al sur de nuestro país. Perdida entre los idílicos paisajes naturales, buscó alguna forma de expresar esas dudas a través de un medio artístico. “Me preguntaba un cúmulo de cosas que no son de expresión verbal. Por eso me fui por un lado visual, sintiéndome atraída por diversos libros de pintura”, expresa.

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Por haber vivido fuera de la capital, Pooley confiesa no haberse enfrentado a muchas obras de arte durante su infancia y adolescencia. Sin embargo, a medida de que su conocimiento se fue incrementando y su posterior traslado a Santiago para comenzar sus estudios formales, las inspiraciones también aumentaron. “En un principio me marcaron pinturas cargadas de un sentimiento de melancolía, por ejemplo La isla de los muertos, de Arnold Bocklin, Monje a la orilla del mar, de CasparArnold Bocklin, o Los comedores de patatas, de Vincent van Gogh”, dice. Pooley asegura sentirse fascinada “por la manera en que el hombre ve el mundo que lo rodea a través de la pintura y cómo esta da cuenta de los diversos modos de ver y de entender el mundo y su historia”. Uno de sus ejemplos favoritos sobre la curiosidad del ser humano es pensar que hace más de treinta mil años el hombre “ya estaba realizando imágenes figurativas de una calidad impresionante, como las descubiertas en la cueva de Chauvet”, dice. Por ese entonces, a Pooley le resultaba difícil imaginar que años más tarde completaría un posgrado en el Chelsea College of Art and Design en Londres, que exhibiría en Noruega y Madrid, que ganaría la beca para artistas Unesco-Aschberg y que terminaría dándole vida a sus creaciones viviendo en la capital de Francia. Por ese entonces solo quería pintar. “Cuando llegué a Londres empecé por fin a disfrutar lo que era el arte.

La autenticidad y el trabajo de sus inquietudes propias son las claves de por qué el arte de Pooley ha podido conmover a culturas tan disímiles como la brasileña y la suiza, por ejemplo. La conexión que hace con su audiencia se produce desde un lugar sincero, donde el alma está desnuda. “Me intereso por los temas que me afectan de manera personal para abordar una perspectiva más amplia: la de la relación entre el hombre y su entorno entre identidad y alteridad”, aclara.

wp-pooley5-740Su nueva muestra titulada Bordes del mundo, estará exhibida durante todo agosto en la Galería Patricia Ready, en Vitacura. Aquí, la artista varía levemente su foco, pues su exposición busca entender el espacio como elemento central de lo que es el ser humano. “Hoy en día los límites entre lo que es natural y cultural son muy borrosos”, dice. “Ya no estamos confrontados a una naturaleza salvaje e infinita que está ‘allá afuera’, separada del hombre, sino que al interior de un mundo finito en donde el aumento de la población y los flujos migratorios hacen cada vez más visible la noción de borde”, se explaya.

Estos bordes a los que se refiere la artista pueden ser tanto geopolíticos, físicos o simbólicos, pero sean cuales sean “nos obligan a redefinir incesantemente nuestra relación con nuestra identidad en este lugar y con el otro: oriundo, viajero, migrante y extranjero”. Bordes del mundo se compone por dos obras de gran formato realizadas con esmalte y pintura sobre tela, y por trabajos de pequeño formato sobre cobre, intervenidos con técnicas de grabado y pintura. La utilización del cobre, que es un material al que Pooley suele recurrir, se basa “no solo cuestiones estéticas y por su cualidad reflectante, sino que además por su importancia dentro del contexto nacional”, dice.
“No busco la belleza en mi obra, sino que un cierto equilibrio o desequilibrio que haga que funcione o no. Y no hay reglas para saber cómo hacer eso… lo difícil es saber cuándo una pintura está terminada”, confiesa. Y a veces incluso no se terminan nunca. Pooley ha pasado meses trabajando telas que acaban en la basura. “Es un trabajo que demanda mucho tiempo, dedicación y un cierto grado de obsesión para lograr que una pintura funcione”, dice.
Fue precisamente esta obsesión lo que llamó la atención de Patricia Ready, directora de su galería homónima. “Christiane trabaja con la pintura como medio de expresión, logrando replantearla, tanto desde los soportes, como desde el uso de la perspectiva y la composición. Por eso es una prioridad para nosotros que ella vuelva a exhibir en nuestro espcio y que la gente tenga la oportunidad de ver su evolución como artista y de seguir su carrera que, a mi juicio, tiene un excelente futuro por delante”, explica Ready.

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Pero más allá del reconocimiento que haya recibido incesantemente desde esa primera exposición individual montada en París, para Christiane Pooley, lo más gratificante de su trabajo sigue siendo la magia que ocurre dentro el taller. “Es ese momento casi milagroso cuando se logra hacer una buena obra. Es un lujo. Es un verdadero lujo tener una pasión por hacer algo y la posibilidad de realizarlo de la mejor manera posible”, concluye entusiasmada.

Créditos Fotos: Christiane Pooley

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