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Cultura

El hotel donde nadie duerme

El hotel donde nadie duerme

Llevaba tres horas corriendo en un edificio de cinco pisos y tres mil metros cuadrados, entre cientos de personas, todos enmascarados y silentes. Cuando llegué al gran salón y pensé que al fin podría recuperar el habla, un extraño me tomó de la mano, me abrazó, lloró en mis hombros y me llevó corriendo hacia el bar. Ahí me sacó la máscara, me dio un beso en la mejilla, hizo un gesto con la mano y se fue. Era un actor, yo una simple espectadora y lo que acababa de vivir era Sleep no more, una de las obras más taquilleras de la escena neoyorquina de los últimos años.

Me dijeron que era un imperdible del viaje, así que no lo dudé. Jamás había visto nada parecido al llamado “teatro inmersivo”, corriente en la que se busca un rol activo del espectador, obligándolo a descubrir la historia siguiendo a los intérpretes y explorando el espacio, así que no lo dudé ni un minuto.

“No intenten andar juntos, si nos separamos, no importa”, dijo mi hermana en la fila afuera de una antigua edificación en Chelsea. Con mi cuñado nos miramos sin entender mucho, pero asentimos con la cabeza. Ella es actriz y ya había asistido a otro espectáculo de Punchdrunk, la compañía inglesa pionera en el teatro inmersivo. Minutos más tarde un botones nos entregó una carta y nos dio la bienvenida al mítico y oscuro McKittrick Hotel.

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Una vez adentro, me sentí atrapada en una película de los años 20. En el bar, un hombre parecido a Frank Sinatra cantaba con desgarro mientras una femme fatale nos ordenaba según nuestro número de carta. Yo era el cuatro. Entramos a una pequeña sala, donde ella nos entregó una máscara blanca —similar a las clásicas del carnaval de Venecia— y nos dio las instrucciones: nunca debíamos dejar nuestra cara al descubierto y bajo ninguna circunstancia podíamos hablar. Si nos sentíamos agobiados o queríamos salir, teníamos que pedirle ayuda a las personas de máscaras negras. Nos miramos entre nerviosos y complicados. Subimos al ascensor en silencio.

“A veces es bueno que el primero salga a mirar solo”, dijo el tenebroso ascensorista mientras cerraba la puerta. El explorador solitario era mi cuñado. Ya nos habíamos perdido. Me bajé en el último piso y al poco andar me di cuenta de que estaba atrapada en el escenario de una de mis peores pesadillas: un hospital siquiátrico abandonado. Cada sala tenía millones de detalles. Camillas, fichas médicas de pacientes, tinas con agua, consultas médicas, todo parecía contar una historia. Minutos más tarde apareció la primera actriz, una enfermera que lavaba ropa ensangrentada. Debo ser honesta, me sentí perturbada y preferí cambiar de lugar. En mi ruta de escape me encontré con un cementerio y un bosque con tierra y árboles reales.

El piso de abajo no era mucho más alentador. Ahí lo recordé: “Macbeth”. Todo lo que viera en ese lugar me remitiría al clásico de Shackespeare, texto que tomó Emursive, la compañía estadounidense que junto a Punchdrunk, había montado este espectáculo el 2011. Ahí me encontré con lo que parecía una guardería abandonada, con cunas, muñecos sin cabeza y juguetes de niños. Los actores aparecían de repente y en general no hablaban, sino que realizaban cuadros coreográficos que iban armando la historia.

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A medida que iba avanzando, me encontraba cada vez con más conflictos, gente que corría de un lado para otro siguiendo a un actor y miles de estímulos visuales que estaban ahí para ser descifrados. Así fue cómo fui testigo de la tortuosa historia de amor entre el recepcionista y el cantante del bar y seguí cada uno de los asesinatos que se sucedían en ese tenebroso drama shackespereano.

Cuando pensé que ya nada me sorprendería, uno de los actores nos llevó al gran salón del hotel. Ahí estaban todos: nosotros y los actores. Ellos, los sin máscara daban se movían lentamente mientras vivían lo que parecía una última cena. Pero no era el fin. Luego de eso, todo se empezaba a repetir estrepitosamente. Comencé a subir y bajar escaleras, para completar esa parte de la historia que estaba segura que me faltaba.

Una hora después, estábamos todos ahí, de nuevo. Los personajes que no participaban en esa cena fatal se ubicaron entre el público. Ahí me encontré con el recepcionista y su corazón roto. Vimos juntos el final y mientras él lloraba yo sólo podía pensar que nunca había vivido el teatro de una forma tan real. Cuando me sacó la máscara y se fue miré a mi alrededor y vi muchos como yo, personas con mirada confundida que se despedían de esta especie de guías.

“Me secuestraron, una enfermera me sentó en una silla de ruedas, me encerró en un clóset y me dijo que sólo la volvería a ver en el país de los sueños”, me dijo mi hermana con los ojos redondos. Apareció mi cuñado y nos contó que la misma actriz lo había llevado en una carrera frenética en la silla por todo el piso. Caminamos por Nueva York en silencio con nuestras máscaras en la mano. Ninguno durmió bien esa noche.

Revisa el teaser de la última temporada de Sleep No More:

Créditos Fotos: Sleep no more Desde: Nueva York

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