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Cultura

El imaginario de Cienfuegos

El imaginario de Cienfuegos

Visitamos el taller del reconocido pintor chileno para que nos revelara los pormenores de sus inspiraciones y vida creativa. Hablando sobre las ideas detrás de sus icónicos personajes y la defensa de la disciplina, descubrimos por qué Gonzalo Cienfuegos tiene el poder de trascender.

Hemos entrado al mundo de Gonzalo Cienfuegos. Nos recibe un largo camino trazado por árboles y él nos espera muy quieto al final del trayecto. Es una casa espaciosa en un terreno aún más grande, con jardines adornados de estatuas y un taller que lo observa en silencio, pero con todo menos indiferencia. Es aquí donde el mundo del reconocido artista chileno cobra vida, tanto en la pintura como la escultura, y sus resultados se ven esparcidos por lo ancho de la casa, ocupando todos los rincones, llenándola de una belleza propia. Están, además, siempre preparados para caer una vez más en manos de su creador.

“Estoy constantemente retocando todo lo que tengo aquí”, confiesa el artista en un tono de voz quedo. Con casi diez premios a su haber, estudios en Buenos Aires y México, docenas de obras vendidas y un nombre que nadie desconoce, Cienfuegos parece poseer la maestría del arte. Sin embargo, se muestra humilde frente a su obra, una creación que tiene vida propia, que exige, y que siempre lo lleva por caminos insospechados.

“Siento una insatisfacción permanente”, confiesa. “Nunca sé cuándo voy a abandonar un cuadro o cómo voy a seguir. Si es por allá, por acá, si debe ser cuadrado, redondo, chico, grande, qué historias se contarán. Trato de demorarme lo más posible, porque nunca estoy plenamente conforme”.

Cada obra es una historia que se revela en el camino, que pocas veces es racional y en la mayoría de las ocasiones va floreciendo, dando a conocer cada una de sus capas poco a poco. “Es un viaje, un recorrido. Van surgiendo personajes, mientras que otros desaparecen, es increíble pensar cuántos cuadros hay detrás de la última capa. Cosas que se quedaron y otras que se fueron”.

No existe tal cosa como un error; solo un viajero que a medio camino decidió cambiar de rumbo, pero dejó sus huellas al pasar. Cienfuegos no considera los borrones dentro de una pintura como errores de los que avergonzarse; más bien muestran los caminos que permitieron a la obra convertirse en lo que es ahora. “Tiene un tiempo que está registrado y eso me parece muy atractivo. Le da un cuerpo, sangre y vida a la pintura”, dice. El aspecto de la memoria y una lectura compleja de cada obra (“hacia arriba, hacia abajo y hacia atrás”) son fundamentales para el artista, porque hablan de un esfuerzo particular en crearla. Confiesa que las piezas que nacen de algo más racional y de una idea clara, no le entretienen tanto a pesar de poseer otros méritos. Es la espontaneidad lo que más lo cautiva, el pintar intuitivamente, a través de un accidente, sin saber qué personajes e historias surgirán.

El estilo de Cienfuegos es figurativo, pero no realista. El cuerpo humano se representa en la gran mayoría de sus obras, pero alejado de lo clásico grecolatino, mezclándose con culturas más primitivas, como las africanas, donde existe una mayor libertad de lo que significa lo antropomórfico. “Trabajo mucho desde la memoria, porque no uso modelo y creo que esa es una de las características que me identifican. No sé si la pintura está mal hecha o le falta mayor verosimilitud. Creo que no se trata de nada concreto, no son personajes, no son nada, son solo pinturas que representan algo, pero no son lo que se ve”. El objetivo es que sean libres y abiertas a interpretaciones, que abran la puerta para quienes las vea construyan sus propios relatos. “Solo en algunos casos puede haber una construcción de algún propósito”, confiesa. “Por ejemplo, trabajé bastante la cita de las meninas de Velázquez, ya que el cuadro sirvió como pretexto para reconstextualizar el problema del cuadro dentro del cuadro, del autorretrato. Hay una ambigüedad que me interesa”.
Con esa ambigüedad como protagonista, el artista nacional busca interesar, seducir y conmover a quien se enfrente a su obra y que pueda leerlo a su manera, no que sea un simple objeto de contemplación visual. “No pretendo cambiar el mundo, botar presidentes ni poner a otros en su lugar. Sí hay una visión un poco irónica, una crítica social, pero esa es parte de mi naturaleza, no es directa”, dice.

En defense del oficio

En su casa y taller se respira el arte. Sus cuadros y esculturas se han apropiado del espacio como los huéspedes más bienvenidos. Se han acomodado a lo ancho de la sala principal y adornado casi cada uno de los escalones en el camino hacia el segundo piso.

El primer acercamiento de Gonzalo al arte, sin embargo, no fue precisamente a la pintura. En vez, asistió a clases de piano, ya que por el lado de su madre hay muchos músicos una intención de seguir con el legado familiar. Sin embargo, a los 11 años le regalaron unas acuarelas que le intrigaron profundamente. “¿Para qué servían? ¿Qué podía hacer con ellas? Tiempo después me encontré con un libro de Van Gogh y su pintura con mucho cuerpo y materia, y eso me fascinó. Fue como una epifanía, me iluminó”, recuerda.

Al entrar a la universidad, Gonzalo optó por arquitectura ya que “ser pintor en ese momento era de altísimo riesgo y mi familia insistió en que estudiara algo un poco más serio”. Pero aunque no le dedicó la vida a esta disciplina, sí agradece las variadas herramientas que le entregó y reconoce la importancia de saber que todo suma en la vida y en la carrera profesional de una persona. En su caso, la arquitectura le enseñó un método de trabajo y un rigor que lo han ayudado enormemente a través de los años y la gran producción que ha llevado a caso. Quizás eso mismo es lo que le ha dado la fortaleza de defender su oficio sin importar las críticas y el pesimismo. “Historiadores han tratado de matar la pintura durante todo el siglo veinte”, dice. “Pero cada vez que voy a una Bienal veo que sigue viva, con discursos, miradas y cosas nuevas. Ha sido un obstáculo, tratar de sostenerme con mi estrategia, con mi pintura”.

Pero Cienfuegos no se ha quedado solo en la disciplina de la pintura. También ha incursionado en la escultura desde los años noventa, la que ve como una derivación hacia las tres dimensiones de sus icónicos personajes. “Me gusta la trascendencia que tiene la escultura. Cuando terminé el ciclista, que fue mi primera obra en bronce, la miraba y pensaba: ‘esto puede durar dos mil años’. Es una cosa sólida, mientras que la pintura es más efímera, una ilusión”, explica.

El artista revela que siempre está tratando de aprender y hacer algo mejor, algo que pueda trascender. “Los que han trascendido han sido pocos”, afirma. Pero no nos extrañaría que él fuera uno de ellos.

Créditos Fotografías: Ronny Belmar

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