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Cultura

La polifonía de David Frey

La polifonía de David Frey

El destacado pianista francés se presentará por primera vez en el Teatro Municipal de Santiago. Antes de su debut, habló en exclusiva con Bazaar sobre su pasión por el arte, la perfección y el cuestionamiento de su vocación.

David Fray es considerado uno de los mejores pianistas del mundo. Comenzó a tocar con solo cuatro años, ha ganado el prestigioso premio German Echo Klassik y el Young Talent Award del Festival Ruhr Piano, y fue nombrado como el Newcomer of the Year por la revista de música de la BBC. Su original y expresivo estilo de interpretación ha sido comparado con los grandes Glenn Gould y Wilhelm Kempff. Se ha presentado con la filarmónica de Bremen, Londres, Viena, Berlín, París y Los Ángeles, por nombrar algunos.

Sin embargo, este genio musical de 34 años no tuvo –ni tiene– completamente claro su camino. “Puede sonar sorprendente, pero realmente no me sentí fascinado por el piano desde un comienzo”, dice con un inglés afrancesado al teléfono desde su casa en Tabern. Ubicado al sudoeste de Francia, cerca de los Pirineos, este pueblo fue su hogar durante su infancia, y decidió regresar a él hace poco, luego de varios años viviendo en París. Fue en la capital donde estudió en el Conservatorio de Música junto a Jacques Rouvier, su maestro y principal influencia. “Él me abrió los ojos a las posibilidades de la música. Me comprendía. Sabía lo que era capaz de hacer y me motivó a convertirme en mí mismo y a descubrir qué tipo de pianista quería ser”, recuerda. Ese encuentro se dio una vez que Fray supo que quería dedicarse a la música, cosa que no sucedió hasta los 13 años. “Me sentía interesado y conmovido por la música desde muy pequeño, pero eso no significó que automáticamente quisiera interpretarla”, recuerda.

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Incluso hoy, veinte años más tarde, Fray sigue cuestionándose su vocación. Y no por falta de pasión, sino porque cree que se trata de una obligación para toda persona. “‘¿Hago esto bien? ¿Quiero seguir haciéndolo?’ Creo que son preguntas que uno debe hacerse constantemente. El querer dedicarme a la música fue un proceso. No desperté una mañana y lo supe. Hay que ir paso a paso, todos los días”, asegura. El piano, para Fray, se transformó en la posibilidad de hacer buena música, pues es un instrumento que “hace que todo sea posible”. “Esa es la belleza del piano. Además, me fascina el aspecto polifónico de la música y este instrumento es probablemente el más polifónico de todos”, dice.

La carrera de Fray, como la ve él, es una obra en desarrollo, al igual que cada pieza que toca, al igual que su propio don. Es así mismo cómo se plantea frente a una nueva partitura. “Creo que es válido decir que una pieza nunca está realmente lista. A veces la primera vez frente a una audiencia puede salir sorprendentemente bien, y otras no tanto, o al contrario; puede que necesite tocarla cuatro o cinco veces antes de que salga bien”, dice. ¿Pero perfecta? “Nunca. Siempre está en progreso, pero supongo que cuando me sé de memoria cada nota y exactamente qué tipo de interpretación le daré, me atrevo a tocar la pieza frente a una audiencia”, explica.

Como cualquier artista, Fray busca despertar emociones a través de la música, pero su ambición no se detiene ahí. “También quiero que la pieza le resulte clara a la gente. Quiero que puedan entender cómo está construida y cuál es la progresión dramática, ya que es muy importante para mí el tener una historia”, dice. Toda pieza musical cuenta con un principio y un final, pero es todo el intermedio, lo que une ambos puntos tiene que ser lógico y claro. “Mi deseo es que la intención del compositor se refleje como algo lógico y natural”. Fray explica que su principal intención es ser capaz de llegar al origen de una pieza y explotar su belleza original. “Suelo tocar música que la gente ya conoce, entonces olvidan cuán modernas eran cuando recién fueron escritas. Es difícil, pero también maravilloso intentar volver al sentimiento original que provocaba cuando era interpretada por primera vez. Intento, en la medida que puedo, mostrar algo fresco, una relativa sensación de descubrimiento”.

El desafío de ser un músico clásico yace en la regular imposibilidad de trabajar con los creadores de la música que se interpreta, pero Fray nunca tuvo ninguna duda respecto al estilo que él iba a interpretar. Su admiración por la polifonía se basa en la creencia de que cada nota es una necesidad. La música contemporánea, en cambio, puede ser interpretada en vivo, saltarse una que otra nota, y el público jamás notará la diferencia. “Trato de tocar la música de forma que si olvido una nota, lo captarás de inmediato”, dice. Su repertorio cambia cada uno o dos años y siempre lo escoge con sumo cuidado, quedándose solo con aquellas partituras de “las que estoy enamorado”. Bach, Mozart y Schubert son algunos de los compositores cuyos trabajos lo apasionan, en especial este último, ya que dice que: “Me siento muy familiar con él. Schubert es un mundo que nunca quiero abandonar”, señala.

Es precisamente la música del compositor austriaco la que trae a Chile. Tres sonatas compuestas en los últimos diez años de vida de Franz Schubert, incluyendo una en ‘La menor’, que Fray considera una obra maestra. “Es una pieza fantástica que no es completamente real. Es como si estuviera perseguida por fantasmas”, dice. La pasión de Fray por el arte no se limita solo a la música. Adora la literatura francesa y también disfruta leyendo sobre pintura, historia y filosofía. Este entusiasmo por el arte también lo comparte con su esposa, la actriz italiana Chiara Muti, hija del director de orquesta, Riccardo Muti, con quien se casó en 2008. “Disfruto la vida tranquila, de familia. Me gusta leer, juntarme con mis amigos… y practicar, por supuesto”, dice.

Y esa práctica la veremos en vivo cuando Fray cierre el ciclo de Grandes Pianistas en el Teatro Municipal de Santiago el 30 de noviembre.

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