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Cultura

Los momentos de la vida

Los momentos de la vida

El teatro para mí es más que una vocación. Es algo que me hace profundamente feliz y me considero un afortunado por ello. Lo supe muy temprano, cuando a los seis años vi la primera obra que me cautivó. Fue La Desideria en la corte, un montaje para niños con Ana González en su legendario personaje. Después de eso no paré. Presencié todos los más grandiosos montajes del Teatro Nacional, como Otelo, Don Juan Tenorio y La vida es sueño, entre muchos otros.

Aprendí que un director de teatro debe tener la capacidad de ver y escuchar. Observar el entorno, el contexto donde uno se está moviendo, como la ciudad y el momento histórico. Y, por otro lado, escuchar lo que la escena está demandando, lo que está pasando con los actores. Estos últimos son el alma de una obra. Lo que más me cautiva de dirigir es escoger el elenco, poder imaginarlos diciendo las palabras de los personajes. Necesito ver eso en mi mente para interesarme por llevar a un texto a las tablas. Si no soy capaz de imaginarlo, mejor salir corriendo…
El éxito de una obra es un misterio. Pero yo lo reconozco cuando las relaciones humanas funcionan, se crean lazos profundamente afectivos y lo pasamos bien trabajando. Me interesa que las personas se quieran y que haya un gran goce en el oficio. Eso para mí es algo muy importante, pero también un espectacular y difícil desafío. Por lo mismo, busco actores con los que me lleve bien y con quienes tengamos una historia común. Además, es fundamental que admire su trabajo actoral.

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Por eso me interesó tanto el proyecto de La tempestad, ya que significaría reencontrarme con el guionista Juan Radrigán, de quien he montado más obras en Chile que cualquier otro director. Asimismo, me llamaba la atención ver el proceso de escritura, porque se trataba de una obra que aún no estaba escrita. Es originalmente de Shakespeare, pero trasladada completamente al mundo de hoy. Se reconocen los personajes de la fábula y sus anécdotas, sin embargo, es absolutamente particular y novedosa. Radrigán instala una discusión potente, interesante y dura respecto al poder. Todos los personajes reflejan lo peor de lo nuestro. Están ávidos de poder y tienen un interés personal.

Sería injusto señalar que esta es la obra de la que más orgulloso estoy, pues creo que el 90 por ciento de las que he dirigido me han hecho tremendamente feliz. Me doy cuenta de eso cuando asocio los aconteceres de mi vida con mis trabajos. Por ejemplo, no me acuerdo del año en que murió mi hermano, pero sé qué obra estaba haciendo en ese entonces. Cuando tienes esa asociación, es que atesoras los momentos. Las obras me van diciendo en qué etapa de la vida estoy. Y si puedo recordar es gracias a ellas.

Rodrigo Pérez dirige la obra La tempestad, protagonizada por Claudia di Girolamo, que se presentará en el GAM desde el 15 de mayo.

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