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Cultura

Mamma Missoni

Mamma Missoni

Líder de la famosa dinastía italiana de tejedores, Angela Missoni nos recibió en su casa, llena de humor y temperamento.

Ángela Missoni está ocupada en la piscina. Con cuidado, deja un cilindro espejado sobre el jardín. Trata de hacer que el aparato funcione. Lo intenta sin perder la serenidad de quien sabe que al final alcanzará su propósito.

En Sumirago, muy cerca de la sede de la empresa Missoni en el Lago di Varese, al norte de Milán, Angela se ríe: “¡Todavía me estoy cambiando!”. En realidad, hace dos años que vive aquí, pero en el primer piso aún hay cajas sin abrir y algunas de sus colecciones todavía no encuentran el “lugar perfecto”. Por ejemplo, Las manos, una colección salvaje de esculturas pequeñas compradas en las distintas ferias de antigüedades que Angela visita en sus viajes. “Tengo la obsesión de agrupar los objetos únicos en familias –explica– y para todas ellas debo encontrar el lugar indicado”.

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Es una construcción moderna, de líneas rectas –muy a pesar del famoso tejido zigzagueante que crearon los Missoni–, con portales de roca sedimentaria, fuentes y rosales. Es la casa de sus sueños a los pies de los Alpes: posee una elegancia fresca sostenida en materiales como el yeso, el vidrio, los pisos grises de granito pulido (incluso en el dormitorio), y decorada con un temperamento impetuoso y un humor cálido con pequeñas dosis de sana locura. “Mis padres eran muy liberales. A mi papá no le interesaba mucho crecer”, dice Angela acompañada por Johnny, el bulldog de su hijo Francesco, a sus pies. El perro parece afligido por la ausencia de los más jóvenes. Es que una fuerte unión familiar se respira en cada detalle de la casa; los juguetes de los nietos pueblan todas las habitaciones y fotos de las cuatro generaciones cuelgan entre distintas obras de arte.

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Para los Missoni, familia y empresa están inseparablemente entretejidas: para una de las campañas, modelaron ellos personalmente frente a la cámara del fotógrafo Jüergen Teller, y las dos hijas de Angela son ahora las caras de la marca para la generación más joven. La mayor, Margherita, de 30 años, trabajó un tiempo como actriz en Nueva York, pero terminó regresando al hogar. “Las cosas van y vienen, y vuelven otra vez”, dice Angela al hablar de sus colecciones. Pero la frase hace referencia también a las idas y vueltas de esta familia y a su oficio diario: el patrón de los vestidos de Missoni, un tejido elástico pero firme que se ha convertido en su sello.

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A principio de los años 50, Ottavio y Rosita, los padres de Angela, comenzaron a hacer vestidos con una máquina de tejer bufandas. A partir de 1958, ya bajo la etiqueta Missoni, crearon moda para gente como ellos: liberal, independiente y culta. Sus proyectos eran tan creativos, que su tejido ligero se impuso por sobre cualquier formalidad. Las primeras presentaciones en Florencia y Milán causaron sensación y, en Estados Unidos, los colores no convencionales llamaron la atención de la directora de Harper’s Bazaar, Diana Vreeland, mucho antes de que Giorgio Armani o Miuccia Prada corporizaran la italianità de la moda. Los Missoni fueron también los cofundadores de la Semana de la Moda en Milán. El 2013 fue un año de tremendas pérdidas para la familia. En enero, Vittorio, el hermano de Angela, tuvo un accidente con su avión frente a las costas de Venezuela. Demoraron meses en encontrar sus restos. El padre, Ottavio, no lo soportó y murió a los 92 años, antes de que terminara la búsqueda. “Mi padre nunca quiso crear una empresa grande –cuenta Angela–. El quería explayarse con su arte. Sobre todas las cosas, quería ser libre”. Como su madre, Rosita, quien todavía dirige la línea Misson Home, Angela lucha tenazmente contra todas las expectativas nostálgicas de la marca. Quizá sería más fácil rememorar el estilo de fines de los 70. Pero la inspiración no se encuentra en los archivos, sino en el presente, dice ella describiendo la colección actual, compuesta por tops, faldas y vestidos de cashmere hechos con fragmentos asimétricos de aspecto cubista.

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Educada para ser independiente, sus padres la alentaron desde niña, igual que a sus hermanos, a transitar nuevos caminos. Y se nota. Siendo todavía muy joven, llevó adelante con éxito otros emprendimientos, como una granja ecológica de gallinas y un centro de juegos. “Mi padre decía: ‘Puedes hacer todo lo que quieras. Bajo el techo de los Missoni hay espacio suficiente para que concretes tus ideas’”.

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Después de un tiempo, Angela volvió a la empresa. Ida y vuelta. Al zigzag de siempre. A menos de cien metros de su casa está la fábrica, una moderna joya arquitectónica emplazada en medio del bosque lombardo de Sumirago. Paradójicamente, Ottavio y Rosita construyeron su empresa donde otros disfrutan de sus vacaciones. Según la estación del año, la luz brilla diferente a través del follaje en las habitaciones donde gigantescas máquinas tejedoras entrelazan los delicados hilos con un latido polifónico. Siguiendo un mecanismo hipnótico se enlazan unos con otros, centímetro por centímetro, hasta formar un rollo ancho de tela que desciende hasta el piso y se apila en pequeñas montañas textiles.

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¿Acaso no es mágico el hecho de que un hilo, algo prácticamente unidimensional, primero cree una tela bidimensional que luego será una escultura tridimensional, el vestido? Angela sonríe tiernamente sin impresionarse. No hay ninguna necesidad de elevar su empresa a una sublimación filosófica. Desde su perspectiva, estos procesos son tan normales como todo lo demás que ama, junta o hace. Siempre convivió en su casa con los entrelazados, tramas y cadenas. Un tema entrampa al siguiente y lo lleva de esta manera a otro nivel y eso se nota en su hogar. El tapiz tejido del californiano Pae White, que se asemeja a un folio de metal, es un guiño a las líneas de la casa; un antiguo kelem de Cerdeña parece haber sido inspirado hace tiempo por la trama Missoni; y, junto a fotografías íntimas de desnudos de firmas como Man Ray, Marina Abramovic, y Francesca Woodman, cuelga la obra de un artista mexicano callejero del tatuaje, Dr. Lakra. Un cuerpo completamente tatuado que en este entorno parece preguntar: ¿acaso una piel escrita no es igual a una cubierta con una fina tela? La docena de sillas de jardín que rodea la mesa junto a la piscina acompañan a Angela Missoni desde hace una eternidad. Sus cintas de plástico bien tirantes, que hacen de asiento y respaldo, le despiertan recuerdos de vacaciones en el mar con sus abuelos y de helados en el kiosco. Versiones más modernas de esas sillas spaghetti reformuladas por la diseñadora española Patricia Urquiola –rebautizadas como Tropicalia chairs– están diseminadas también por todo el jardín.

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El eclecticismo en la decoración no es abrumador, ni tampoco pensado, sino algo informal, donde lo absurdo también encuentra su lugar. Un descubrimiento comprado en una feria de las pulgas es puesto en escena magníficamente, del mismo modo que una foto importante cuelga en el baño. “Cuando algo es hermoso, es hermoso. No me importa el precio, ¡yo soy quien le da el valor a las cosas!”, dice la dueña de casa y abre un clóset lleno de recuerdos guardados en un espectacular mueble del diseñador Gio Ponti.

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Para la Navidad de 2013, el año de las pérdidas trágicas, la familia necesitó crear una nueva tradición. Angela Missoni agregó aún más sillas alrededor de la larga mesa junto a la piscina, invitó a más gente de lo acostumbrado y sobredecoró la mesa con bolas rojas y pequeños ciervos de ojos mansos, que inmediatamente abrieron el corazón y la sonrisa de todos los ahí presentes. Ella se ocupa de que las cosas funcionen. Entre risas dice que sus hijos le dicen “MacGyver” –hermoso cumplido para una madre–. Al fin y al cabo, ese héroe de la serie de televisión salvó varias veces al mundo de terribles catástrofes solo con la ayuda de cinta adhesiva y una cortaplumas.

De repente, Angela Missoni recuerda el cilindro de metal. Es una obra de arte de Roger Hiorns, un joven británico cuyas esculturas son objetos en proceso de transformación. Con una sonrisa ganadora, muestra en el jardín una masa gruesa de burbujas que fue surgiendo del cilindro metálico mientras  conversábamos. Una columna de espuma sube hasta el techo, baja hasta el suelo y desaparece. Parece tejida.

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