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Cultura

Sebastián Errázuriz

Sebastián Errázuriz

Compartimos un día con el diseñador y artista chileno que nos abrió las puertas de su estudio en Nueva York, donde nos mostró sus obras, conversó sobre su vida y confesó su obsesión por tener todo bajo control.

Son las 11 a.m. de una de la primeras mañanas de verano en Nueva York. El termómetro marca más de treinta grados y, aunque no hay aire acondicionado, Sebastián Errázuriz nos recibe con unos pantalones de jeans oscuros apretados y una polera de algodón negro. “Antes tenía tiempo para usar trajes, pero acá trabajo con pintura y me ensucio. Casi siempre me visto igual. Soy como un monje”, comenta. Para llegar a su escritorio, hay que atravesar un largo pasillo en donde exhibe seis de sus muebles de edición limitada. Sebastián los abre, se detiene en cada uno de ellos y nos explica cómo funcionan. Cuenta que cada uno tiene un valor de U$75.000 y, con orgullo, nos comenta que más de la mitad ya se encuentra vendido a coleccionistas y magnates alrededor del mundo. Al final del corredor, una puerta de más de dos metros de alto llega a un gran espacio donde se encuentran distribuidas varias de sus obras insignes: un ataúd con motor y quilla, un ave disecada sin cabeza que sirve de lámpara, nueve ventiladores acompañados de la frase “Blow Me” en luces de neón, un banco para sentarse que incluye una lámpara de lágrimas y una especie de mesa que luce al artista desnudo en la superficie. Todo esto junto a miles de bosquejos del artista que cubren las paredes. “Este lugar permite recibir a un coleccionista billonario cómodamente. Esto ha sido un gran salto”, explica.

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La historia de Sebastián comienza en Chile a fines de los 90 cuando, con 27 años y siendo egresado de la carrera de Diseño Industrial en la Universidad Católica, ya tenía claro lo que quería lograr: ser reconocido y tener dinero. ¨En esa época solo había arquitectos famosos en Chile. Miré lo que ellos hacían y me di cuenta de que uno escribía en un diario. Así toqué la puerta de El Mercurio. Llegué con doce columnas escritas e ilustradas que no pudieron rechazar”, cuenta. También recuerda cómo se transformó en una minicelebrity, fotografiado en cada evento social, con polola modelo, un programa de radio con Julian Elfenbein y hasta un espacio en la televisión. Hoy, casi diez años después, se ríe de sí mismo: “Cumplí con todos los clichés. Me creí el cuento, pero me aburrí. Para qué me iba a quedar en Chile, ¿sólo para ahorrar y comprar una casa en la playa? No, yo quería más”, dice serio, y deja de hablar para mirar a la cámara y ser fotografiado: “Mi chica me dijo que me mordiera los cachetes cuando me sacaran las fotos”, comenta, y posa con un dejo al modelo Zoolander.
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Luego se fue a Nueva York, donde va a cumplir una década de residencia. Hizo un máster en la New York University y, a punta de trabajo y rigurosidad, ha logrado posicionar su nombre. “Me levanto a las seis de la mañana todos los días y hago 200 abdominales. Cuando llego al estudio ya me leí seis diarios. Veo los vídeos top ten de cada categoría en Youtube. Es tan importante saber lo que está pasando con la crisis del Medio Oriente o cuál es el último video del gato volador, son elementos que debo manejar”, asegura. Otro ejemplo de su vida meticulosamente diseñada, son las pesas en el baño de su taller, de esa manera, cada vez que entra recuerda hacer series de 50 flexiones. “Estoy en un momento de mi vida en que lo tengo todo calculado. Estoy tratando de dejar espacio para que otras cosas pasen, permitir que alguien llegue a ofrecerme algo. Es un gran esfuerzo no estar en completo control”, confiesa.

¿Crees que ser trabajólico hizo que te divorciaras hace poco?, le preguntamos. “No”, responde. “Hice el esfuerzo de llegar a la casa a ver Game of Thrones y de tener una vida normal. Nos separamos porque mi pareja quería que tuviéramos hijos y yo necesitaba empujar esto un par de años más. Conozco a otros chilenos que dan entrevistas y tienden a mostrar que en Nueva York todo es increíble, pero la verdad es que trabajan como profesor en una escuela. La realidad es poco glamorosa acá. Y estos son años vitales para poder consolidarme”, señala.

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Según sus propias palabras, ser riguroso es lo que lo ha llevado a alcanzar el éxito en la Gran Manzana. Y sus logos no han sido menores: dos galerías lo representan en Nueva York; su video “A pause in the city that never sleeps” –donde aparece bostezando de manera continua– logró llegar a las pantallas de Time Square y fue proyectado por tres minutos durante todo un mes. En mayo, el Museum of Art and Design hizo una gala en su honor con invitados como Linda Fargo, Carlos Mota y la diseñadora Sofía Sánchez. “Tener a la crème de la crème de la sociedad neoyorquina celebrándote en un comida que es en tu honor, son cosas fuertes y te das cuenta de que perteneces”, expresa. Sobre los malos comentarios, asegura que se deben a que desde el comienzo él se puso metas muy altas. “Estoy convencido de que la mayoría de los artistas y diseñadores que trabajan dentro de un estilo identificable hacen una práctica creativa deshonesta. Yo opto por trabajar en múltiples cosas y esperar un reconocimiento más tardío. Da Vinci es el artista más grande de la historia. Yo prefiero esforzarme toda la vida para ser un tres por ciento de lo que fue él a ser un 70 por ciento de lo que fue Miró”, asegura.
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Algunos dicen que eres diseñador, otros artista, ¿tú cómo te defines? “Soy las dos cosas porque ambas disciplinas se cruzan. Es divertido porque la imagen del artista está relacionada a la bohemia y a que la única manera que tiene para comunicarse es a través de su arte. La verdad es que la gran mayoría de los artistas son mentirosos, vendedores de pomadas y muy poco profesionales. Y no es por maldad, sino porque no saben desarrollar una disciplina”, declara enfático.

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Y si te consideras artista, entonces ¿eres también mentiroso? “Soy un experto para vender mis proyectos y comunicar mis ideas. Soy encantador y lo puedo conectar y desconectar. Es un talento que tengo”, concluye.

Créditos Fotografías: Rodrigo Cid Dirección creativa: Felipe Montalba

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