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Cultura

Tras las bambalinas del Ballet

Tras las bambalinas del Ballet

Nos adentramos en el mágico mundo del Teatro Municipal de Santiago para conocer los pormenores de su puesta en escena y diseño de vestuario. Fuimos testigos únicos de lo que sucede en el backstage y conversamos en exclusiva con su directora, Marcia Haydée, sobre lo que define al ballet nacional.

Es día de ensayo general en el ballet del Teatro Municipal de Santiago y lo único que se respira en el backstage es rapidez. La sala de maquillaje está muy ocupada, mientras las brochas se pasan de mano en mano. Los bailarines se distribuyen entre los pasillos y las diferentes habitaciones haciendo flexiones, repasando movimientos y buscando sus trajes. Los vestuaristas se preocupan de que cada personaje esté bien ataviado, de que los detalles del atuendo estén impecables y de que no quede nada extra por zurcir. Una de ellas se sienta en un banco del pasillo y, con una velocidad inigualable, cose un tul que se había desprendido. Le pregunto si siempre es así, reparando detalles a último minuto, afinando pormenores, corriendo de un lado para otro, “Todas las funciones”, dice con una sonrisa divertida.

Todo esto forma parte de la magia de una de las compañías de ballet más célebres de América Latina. Marcia Haydée, su directora, llega relajada y sonriente, emanando el mismo profesionalismo que la llevó a convertirse en la prima ballerina del Stuttgart Ballet, bajo la dirección del gran John Cranko. Aún recuerda cómo en Nueva York, en 1969, y tras el estreno de Romeo y Julieta (el mismo montaje que abrió la temporada de ballet en Chile este año), se convirtió en estrella de la noche a la mañana. “Un día no conocían ni mi nombre, y al siguiente me traían cheesecake al teatro, porque sabían que era mi favorito”, recuerda con un acento que es difícil de relacionar con sus raíces brasileñas, dado a la gran variedad de idiomas que maneja a la perfección. Haydée tiene plena certeza de que nació para bailar. “Cuando tenía tres años, apenas mi mamá prendía la radio yo empezaba a moverme. De verdad creo que la vida me mandó para esto”.

Haydée representa el ballet en Chile. Cuando llegó, el Teatro Municipal le abrió las puertas de par en par y le dio carta blanca para hacer todo lo que ella quisiera. Y quería mucho. Desde su llegada doce años atrás, se ha preocupado de escoger títulos variados para cada temporada, que incluyan nombres clásicos y contemporáneos, de darle protagonismo a los jóvenes (“Porque ellos son las próximas estrellas”, dice) y de trabajar por primera vez junto al Ballet Nacional Chileno. “No puedo creer que en Santiago hubiesen dos compañías de ballet que ni siquiera se hablaran. Cuando llegué, eran ellos por un lado y nosotros por el otro. No hay tiempo para perder por culpa de celos”, dice, y aprovecha de expresar su infnita adoración por el grandioso director artístico del Ballet Nacional, el conocido francés Mathieu Guilhaumon.

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La mano de Haydée se nota. Bajo su dirección, el público asistente al ballet ha igualado –e incluso superado– a la ópera, pero la directora adjudica el éxito a los propios bailarines, pues ellos son su motivación a la hora de elegir sus obras. “Mi inspiración son los bailarines. Tenemos una relación muy linda porque soy una directora diferente a otras. Yo también bailé”, explica. Por lo mismo, está en sintonía con las dificultades y desafíos que enfrenta su equipo al preparar un nuevo espectáculo. “Tuve una carrera muy especial porque bailé piezas creadas especialmente para mí. Pero sé que no es fácil tomar algo que fue hecho para otra persona, con otro cuerpo y movimientos”, dice. A la vez, los ballets de coreógrafos más clásicos, como El lago de los cisnes, exigen mucha más precisión y rigidez que los creados por contemporáneos como Cranko, que se centran en la fluidez de los movimientos y la conexión con la audiencia.

Es precisamente este vínculo entre los bailarines y el público lo que diferencia al ballet del Municipal de otras compañías internacionales. Después de todo, la técnica en la danza es importante, pero por sí sola hace que el espectáculo se torne aburrido. “Un bailarín busca compartir emociones. Si estoy haciendo un ballet cómico, tiene que haber risas, si es uno dramático, se busca conmover. Es lindo captar la atención de las personas y llevarlas a un mundo diferente de su realidad por un par de horas”. Según la directora, todo el elenco nacional posee esta cualidad, lo que atribuye a las raíces latinoamericanas, noción que confirmaron en Europa cuando después de una función de visita la prensa alemana escribió: “Los chilenos bailan con el corazón en los pies”.

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El poder de las emociones no es lo único que este ballet tiene para enorgullecerse. Su taller de vestuario, que cuenta con veintiún profesionales especializados en la confección de atuendos y accesorios, es uno de los pocos que existen actualmente. En general, los teatros externalizan la confección de sus vestuarios. Montserrat Catalá, diseñadora teatral de la Universidad de Chile, es quien lidera este espacio en nuestro país. Inspirada desde muy temprana edad por películas, como Lo que el viento se llevó y La edad de la inocencia, llegó al Teatro Municipal en marzo con una trayectoria de treinta años bajo el brazo. “Siempre me gustó el cine y el teatro. Entender a un personaje en base al vestuario es lo dramático del asunto, y me encanta”, dice.

Como la gran mayoría de los ballets que se presentan cada temporada son obras internacionales, la labor de los vestuaristas se centra en respetar los diseños originales. La primera parte del proceso incluye la visita de un diseñador extranjero. “Él trae los bosquejos y las muestras de tela con las que idealmente debería trabajarse”, explica Catalá. Eso conlleva el primer desafío: encontrar los materiales adecuados. “Hay mucha tela en nuestro país, pero no hay gran variedad de textiles puros, como algodón, seda o lino. Aquí llegan mucho más las plásticas y vistosas, pero normalmente necesitamos que sean más livianas y no tan tiesas”. La producción y búsqueda de las telas es un desafío importante, considerando los plazos del trabajo en el taller. “Se prepara todo muy cerca del estreno. A veces tenemos un mes, pero regularmente es menos. Incluso, en ocasiones contamos con quince días para terminarlo todo”, asegura. Esta tarea resulta particularmente desafiante para el ballet El lago de los cisnes, que se presentará este mes entre los días 27 y 30 de mayo, ya que gran parte del vestuario se perdió en el gran incendio que sufrió el teatro en 2013. Desgraciadamente, el fuego consumió una de las bodegas de vestuario y afectó el salón de ensayos del ballet. “Fue una pena muy grande, especialmente en lo emocional”, dice Catalá. “Pero por suerte tenemos el equipo necesario para reponerlo”. Encargadas de vestuario incluso viajaron a Nueva York para perfeccionarse en la confección de tutús, algo que resulta común dentro de quienes trabajan en el taller. “Siempre se están especializando. Ellas quieren aprender más de su oficio y dejar un legado”, dice Catalá.
“La gente no sabe lo que es el ballet en Chile. Piensan que en este, por ser un país chico y alejado, todo viene de afuera, y no es así. Existe un trabajo de utilería y sastrería que es realmente maravilloso”, añade Haydée.

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Fiel a su filosofía de probar cosas distintas, confiesa que lo que la tiene más entusiasmada para este año es el Segundo Festival de Coreógrafos que se llevará a cabo en agosto. “Vendrá José Vidal a trabajar con nosotros y creará algo nuevo para nuestra compañía. Me gusta eso de trabajar con riesgos”, dice. Para Vidal, el destacado coreógrafo nacional, será la primera vez que unirá fuerzas con el ballet del Teatro Municipal de Santiago. “Otras obras, como Rosalinda o El lago de los cisnes, ya han tenido éxito en todo el mundo, por lo que no implicaban riesgos. Lo que vamos a crear ahora es un riesgo enorme, uno nunca sabe… Puede ser muy bueno o muy malo, y para mí eso es lo más emocionante de todo”, concluye.

Créditos Fotografías: Andrés Herrera

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