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Cultura

Vida dibujada

Vida dibujada

La joven artista Dominique Schwarzhaupt se enamoró del dibujo a muy temprana edad y este año expuso en Berlín y en la Feria Nord Art en Büdelsdorf. Apasionada por el trabajo en grafito, se dispone a redefinir lo que es ser ilustradora en Chile.

Dibujos. Miles de dibujos repartidos a lo largo de su vida: hoy, de forma profesional, trabajados en su taller en Providencia y siendo parte de arMO, un colectivo de artes visuales creado para dar espacio, informar y apoyar a los creadores emergentes en Chile. En el pasado, estos dibujos se centraban en princesas con vestidos inflados y caricaturas. De una forma u otra, esta disciplina formó parte de Dominique Schwarzhaupt incluso antes de que se percatara de ello. “Es algo que siempre he hecho. Creo que de alguna manera dibujar me ayuda a concentrarme. Dibujo todo el día, incluso si estoy viendo tele o escuchando algo; necesito estar dibujando o sino me aburro”, dice la artista. Como todo creador, el arte la ayuda a abstraerse del mundo, a adentrarse en una realidad propia donde solo vive en compañía de aquellos personajes que retrata. Personalmente, sin embargo, dibujar le permite combinar características propias que resultan antagonistas, pero que confluyen a la perfección en sus dibujos. “Soy una mezcla rara de desastrosa y maniática, por lo que nunca hubiese podido funcionar con una técnica que no fuera contenida como lo es el dibujo”, dice.

El dibujo, además, le ha permitido sentirse muy cerca de su obra y crear una relación íntima con el proceso. Estar a solo centímetros del papel es la única forma en que realmente puede conseguir el detalle que busca retratar. “Cuando pintaba o trabajaba en otras técnicas siempre me sentía un poco más alejada, como si tuviera que combatir más adversidades para trabajar”, dice Dominique. El desastre y el desorden también forman parte de su obra, pero de una manera más sutil. Sus piezas dibujadas en grafito son precisas y detalladas, capaces de retratar historias personales y colectivas, acentuando la idea de la fotografía como un imaginario colectivo: “Uno de esos extraños elementos que son muy personales, pero a su vez forman parte de un pasado común, generando una nostalgia de algo que jamás vivimos”, dice. El desorden tiene su propio espacio en el proceso de cada pieza, otorgando belleza y artesanía a su oficio. Todas las imperfecciones, los borrones, los esqueletos, los fantasmas que deja el proceso se convierten en parte de la obra misma.

Dominique no intenta esconderlos. “Siento que el proceso es igual de importante que los mismos temas retratados. En ese sentido mi dibujo se conforma de muchas capas. La cuadrícula, por ejemplo, es lo primero que hago porque se trata de la columna vertebral del dibujo y como es tan importante me parece necesario que se refleje en el resultado final”, dice. Dibujar es reflexionar; cada bosquejo y cada trazo van armando una realidad única, que es aquella que percibe su ilustrador. Pero esta imagen es dinámica y cambiante, por lo que la artista chilena siente que es clave incluir esas vueltas de pensamiento. “Cuando tengo un dibujo acabado donde se perdió por completo el dibujo lineal o la cuadrícula, estoy dejando de lado todas las otras gráficas que son igual de importantes. Se dan muchas más lecturas que la más obvia y eso me gusta”, agrega.

Muchas de sus ilustraciones se basan en fotografías familiares, por lo que su desafío es lograr lecturas que van más allá de lo que se ve a simple vista: más allá de una Navidad, de un cumpleaños, de una escena cotidiana. “Me gusta que se vayan descubriendo diferentes cosas. En los trabajos sobre cuadernos que hice iba dibujando detalles pequeños en diferentes obras para que se conectaran entre sí; no eran muy evidentes en una primera mirada, pero una vez que se empezaba a ver la obra en más detalle comenzaban a salir estas conexiones”, afirma. Al trabajar esta técnica realista de las fotografías mundanas, Dominique logra transmitir una idea de familiaridad. Y es dentro de ella que descontextualiza y genera nuevos diálogos.

Oliver Jeffres, el autor irlandés de libros para niños es uno de sus referentes, específicamente por cómo ha vinculado ambos disciplinas: el del artista y escritor. Asimismo, Joaquín Cociña, que trabaja el dibujo de una forma muy distinta a través del stop motion, le atrae por su capacidad de escaparse del molde y expandir los límites de la disciplina. “Siempre he tenido un poco de miedo al no saber cómo definirme”, confiesa sobre su calidad artística. “Por alguna razón en Chile es muy diferente ser artista a ser ilustrador, es como si una cancelara a la otra. Sin embargo, en la obra de Jeffers veo que existe una coexistencia que me resulta muy atractiva y natural”.

Sin embargo, Dominique sí coexiste: como artista y como mentora. Desde el año 2013 que se unió a otros artistas para armar el colectivo arMO, que incentiva la difusión de artistas emergentes y abrir puertas para el arte. De cierta forma, pertenecer a este grupo también la ha ayudado a ir definiéndose como artista, porque confiesa haberse sentido “bastante sola en lo que es el arte” antes de formar el proyecto. “Me sentía incomprendida, sobre todo porque la carrera es muy independiente y no tenía mucho con quien compartir los diferentes problema que se viven como artista. Con arMO generamos un grupo de apoyo que fue fundamental para mí en ese minuto”, dice. El colectivo está conformado por seis artistas nacionales además de Dominique: Andrea Rodríguez, Isidora Villarino, Luisa Granifo, Jacinta Besa, Marco Bizzarri y Pilar Elorriaga.

Hoy, confiesa que están un poco más enfocados en sus propios proyectos, pero que aún así continuarán con el objetivo que los unió en primera instancia.“Con Luisa incluso comenzamos a turnarnos de taller: ella trabajaba en el mío durante unos meses y luego yo en el de ella, era increíble tener otro par de ojos encima de mi trabajo, muchas veces estábamos atascadas en una obra y era tanto más fácil encontrar soluciones cruzadas”, afirma. Junto a este grupo de profesionales sacaron adelante diferentes proyectos, expusieron juntos e incluso se ganaron un espacio dos veces en la feria Ch.aco. “Más allá de lo que logramos, fue un grupo en donde me sentí apoyada y el cual me abrió las puertas a conocer a más artistas”. Hoy, el proyecto se encuentra en una pausa temporal, ya que sus integrantes se están enfocando en sus trabajos independientes.

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EN GRAFITO
La obra de Dominique se centra en el dibujo en grafito y la experimentación. “El año pasado hice mi segunda exposición individual, y luego de ese estrés quería volver a trabajar sin tener la preocupación de concretar algo, solo quería probar”, dice. Estos ensayos creativos la llevaron a exhibir en Berlín y luego en la feria Nord Art en Budelsdorf, como también a una comprensión más profunda de su material estrella. En un comienzo, su llegada al grafito se debió por algo práctico: era cómodo y fácil de llevar, la herramienta perfecta para combatir los momentos de estrés o tedio. “Pero luego con los años me di cuenta de que calzaba con mi personalidad. Cualquier otra herramienta, como la pintura, me desesperaba, porque cerraba el taller y me quedaba sin nada que hacer. El grafito lo puedo andar trayendo”.

La precisión y el nivel de detalle en su trabajo capturan a primera vista. No obstante, se requiere de dos, cuatro y casi infinitas vistas para poder realmente apreciar cada uno de ellos: las historias, el proceso, los sentimientos. En un mundo donde todo es rápido y las fotografías se imprimen en cosa de segundos, valorar la ilustración a mano, aquella que toma tiempo, esfuerzo y alma, es característica de una real apreciación al arte. “El lenguaje de mi trabajo se centra en este fenómeno de objetos hechos a mano que ya se están extinguiendo, pero que vale la pena hacer”, finaliza la artista.

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