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#Escápate A lo más alto del mundo

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Las maravillas naturales y los tesoros arquitectónicos de la costa amalfitana, en Italia, inspiraron a artistas y escritores durante siglos. Un paisaje inolvidable.

La belleza natural de la costa amalfitana, en Italia, es legendaria. Sus acantilados imponentes con vista al mar Tirreno, donde las olas espumosas alcanzan el horizonte azul y el cielo infinito, son una postal. Un paisaje de riscos y grutas secretas, montañas cubiertas de nubes y precipicios escarpados de una magnificencia tan extraordinaria que ha inspirado a escritores, artistas y músicos desde Giovanni Boccaccio a Gore Vidal, Richard Wagner o André Gide, por más de siete siglos.

Tal esplendor natural alentó también la creación de tesoros arquitectónicos –monasterios y catedrales, palazzos y torres, villas y templos– construidos por emperadores, príncipes medievales, cardenales renacentistas y aristócratas victorianos. Afortunado es el viajero contemporáneo que puede alojarse en estos lugares notables. Uno de ellos es el Monasterio Santa Rosa: un convento del siglo XVII, construido desafiando las leyes de la gravedad, que se ubica al filo del promontorio de Conca dei Marini. Fue recuperado cuando una visionaria heredera norteamericana, Blanca Sharma, vislumbró las ruinas abandonadas mientras navegaba por la costa amalfitana. Sharma compró la propiedad, se pasó una década renovando el edificio y sus jardines aterrazados, y finalmente abrió el Monasterio como un hotel con solo 20 habitaciones y un spa en 2012.

El convento de monjas original fue cuidadosamente restaurado de forma tal que no perdiera su sentido de serenidad; se preservaron sus techos abovedados y las habitaciones se amoblaron con antigüedades elegantes, camas maravillosamente cómodas y baños lujosos. Cada ventana ofrece una vista del cielo y del mar que quita la respiración, y los aromas a limón, naranja, jazmín, rosa y lavanda de su idílico jardín perfuman todos los ambientes del lugar.

En el exterior, hay rincones y pérgolas en las terrazas escalonadas, ideales para refugiarse con un libro o simplemente admirar la panorámica con la dulce compañía del canto de los pájaros y del tintineo de una fuente. Es tentador dormir una siesta al costado de la piscina infinita o flotar suavemente en sus aguas. Pero hay mucho más para descubrir: en el jardín se pueden encontrar abundantes hierbas terapéuticas y comestibles (las monjas fueron conocidas por sus tinturas curativas y remedios naturales). Más de cinco mil plantas crecen hoy en el suelo y al costado de las terrazas verdes frente al hotel; un jardín frutal y de verduras yace justo detrás y provee lo más fresco y orgánico para el delicioso menú del restaurante del Monasterio, incluyendo alcachofas, tomates, zapallos, limones, frutos rojos y frutillas.

Dentro del hotel hay un spa con una suite termal estilo romano, sauna, piscina de hidroterapia y excelentes tratamientos con productos de la tradicional farmacia Santa Maria Novella (bálsamos y lociones curativas a base de cítricos, hierbas mediterráneas y un particular aceite de lirio). La combinación de todo esto más un staff amable, un helado divinamente casero y un barman encantador hacen difícil la despedida.

Afortunadamente, íbamos a unos pocos kilómetros, hasta Ravello. Como si fuera el set de un cuento de hadas, esta ciudad medieval formó parte de numerosas fábulas, algunas de ellas verdaderas y otras fantásticas. Wagner, por ejemplo, declaró haber tenido su visión de Parsifal en el paisaje de Ravello (“¡Encontramos el mágico jardín de Klingsor!”). Por eso, se conmemora al célebre compositor en los nombres de las calles y puntos de referencia; y también en el festival de verano en Villa Rufolo.

El Hotel Caruso tiene una impronta igualmente romántica. Cuenta la leyenda que entre sus huéspedes estuvieron Virginia Woolf, Greta Garbo, Humphrey Bogart y Jackie Kennedy, y su historia antigua es aún evidente en los frescos arcadianos del cielorraso y las estatuas romanas que observan a los modernos visitantes con mirada imperturbable. Originalmente construido por una familia italiana patricia en el siglo XI, fue destruido en la Edad Media –como gran parte de Ravello– durante las batallas entre la República de Amalfi y sus rivales. Siglos de descuido se sucedieron con reparaciones y extensiones ocasionales hasta el año 1893, cuando Pantaleone Caruso, un empresario hotelero, abrió un ala del palazzo como pensión y posteriormente restauró la propiedad entera como un hotel.

Recientemente, el Caruso fue adquirido por el grupo Belmond y, con sus 50 habitaciones es, con certeza, más grande que el Monasterio Santa Rosa. Pero una vez que uno se acostumbra al laberinto de pasillos y escaleras, y encuentra los encantos en medio de terrazas escondidas y jardines secretos con vista a la Bahía de Salerno, todo es inevitablemente seductor. Nadar en la piscina infinita, que parece suspendida entre el cielo y el mar, es una experiencia casi religiosa. Como en el Monasterio, también aquí es tentador quedarse en los jardines del hotel, donde los jazmines exuberantes se entrelazan con las glicinas como amantes y las rosas trepadoras se desparraman sobre los enrejados.

Ravello impone ser explorado. Los autos están prohibidos en las estrechas calles adoquinadas. Pero vale la pena recorrer a pie cada sendero, ya que lleva de seguro a otro mausoleo inesperado o huerta o iglesia. Cerca del Caruso está la catedral, fundada en el siglo XI y ricamente adornada con mosaicos y tallados, incluyendo seis leones de piedra en la base del púlpito. Aquí también se encuentra la capilla de mármol de San Pantaleone, conmemorando al santo patrono de Ravello, cuya sangre está preservada como una reliquia en una antigua ampolla. Cada año, en ocasión de la fiesta del santo, se cree que ocurre un milagro por el cual la sangre seca se vuelve líquida y carmesí una vez más solo en este día.

A pocos metros de la catedral, al otro lado de la plaza principal, se ubica la pequeña Villa Rufolo, construida en el siglo XII bajo el poder de la dinastía del mismo nombre, como símbolo de estatus, que posteriormente cayó en ruinas cuando declinó también su fortuna. En 1851, la propiedad abandonada fue comprada por Francis Neville Reid, un escocés botánico y arqueólogo amateur adinerado que restauró el edificio y su jardín agregándole senderos, flores y cipreses.

Pero tal vez el más romántico de los palazzos de Ravello sea Villa Cimbrone, adquirido en 1905 por otro expatriado británico, Ernest Beckett (quien rápidamente sucedió a la nobleza como el segundo Lord Grimthorpe), un donjuán diletante que dejaba plantado a sus amantes y evitaba a sus acreedores. Beckett, sin embargo, se enamoró del espectacular paisaje de Villa Cimbrone y creó su propia visión artística para complementar su exquisita belleza.

Hoy en día, legiones de visitantes llegan para admirar la gloriosa terraza, alineada con espectaculares estatuas de mármol y con una incomparable vista sobre la costa amalfitana,construida para la hija de Beckett, Lucy. El escritor Gore Vidal –quien vivió en una casa cercana– describió esta terraza como el lugar “más hermoso que haya visto alguna vez en mis viajes en un brillante día de invierno cuando el cielo y el mar eran tan vívidamente azules que no era posible distinguir uno del otro”.

Vidal no fue el único visitante famoso seducido por Cimbrone: D.H. Lawrence, Greta Garbo y los miembros del grupo literario de Bloomsbury también fueron atraídos por esta villa. Los recuerdos de huéspedes de antaño se pueden descubrir en sus jardines: las cenizas de Lord Grimthorpe están enterradas debajo del Templo de Baco, junto a una estatua de bronce de un sátiro y un dios romano; y dispersas entre los olivos, las orquídeas salvajes y los lirios hay antigüedades como una figura en mármol en tamaño real de Eva, encerrada en una gruta oscura tras una puerta de hierro. Dicen que la pusieron allí por su seguridad, después de que el escritor D.H. Lawrence vandalizara su pálida figura frotándole tierra en su rostro declarando que necesitaba “un toque de color’”.

Dejar Ravello se siente como salir del jardín del Edén. Es duro decir adiós sin mirar atrás. Pero a diferencia de Eva, atrapada en su jaula en Cimbrone, podemos al menos soñar con regresar a este verdadero cielo en la Tierra.

Créditos Fotos: Germán Romani

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