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Lifestyle

La liberación de Cazú

La liberación de Cazú

Dueña de un estilo único y de un oficio que la ha catapultado a lo más alto de la arquitectura a nivel mundial, Cazú Zegers abrió a Harper’s Bazaar las puertas de su espectacular Casa Soplo.

Viene llegando de Milán tras haber sido nominada para recibir el premio internacional ArcVision, también conocido como el Pritzker de las arquitectas mujeres. Era la cuarta versión del certamen que se realiza en Italia desde 2013 con el objetivo de destacar a las figuras femeninas que han contribuido con su trabajo al diseño de nuevas interpretaciones, teorías y aplicación del entorno económico, el desarrollo social y cultural en la arquitectura.

Cuando Cazú Zegers nos recibe en su casa de Lo Barnechea, resulta difícil imaginarnos que estamos frente a una artista considerada como una de las 20 mejores arquitectas del mundo por la revista World Architecture (2008) y premiada como autora del mejor hotel de 2012 por su diseño del Tierra Patagonia, en Torres del Paine. En su cuerpo menudo coronado por su sonrisa acogedora, no existe ego ni nada que se le parezca. Muy por el contrario. Nos encontramos frente a una mujer sencilla que, literalmente, fluye por su hogar bautizado como Casa Soplo, y que se preocupa de ser la mejor anfitriona al mismo tiempo que la maquillan y posa para estas páginas de Bazaar junto a Atilio, su perro braco húngaro, que la escolta de manera protectora a todas partes.

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Enfundada en un vestido rojo intenso y de corte muy minimalista que compró en su último paso por Italia, Cazú plantea una muy certera conexión entre su arquitectura y el vestuario. Nos comenta que hace poco realizó una charla en Nicaragua, donde usó un vestido blanco de su amigo Gerardo Tyrer, y comenzó su exposición hablando de ese diseño –misma pieza con que aparece fotografiada en estas páginas–. “De alguna manera, lo que hace Gerardo con este vestido es lo mismo que yo hago con la arquitectura. Es levantar proyectos desde lo más leve y precario para convertirlos en objetos valiosos a partir de cosas tan simples como pequeños plisados o costuras. El vestuario, al igual que la arquitectura, es como un traje hecho a la medida del espíritu de cada uno”, reflexiona.

Y es justamente en el espíritu de su Casa Soplo donde está lo que insufla vida a la materia inerte. “Es como el hálito de Dios o el dedo de Miguel Ángel en la Capilla Sixtina”, cuenta, “pero ¿cómo podría graficarlo?”. Luego de plantearse esta interrogante, empezó a fijarse en las pequeñas ondulaciones que dejaba el viento al pasar por sobre la nieve y la arena. A partir de esa observación, comenzó a proyectar muros con doble cordón de aúreas (o curvas). “También influyó que recorrí con mi hija Clara la escultura metálica de Richard Serra en el Museo Guggenheim de Bilbao, y la fui dibujando mientras ella iba descubriendo el espacio. Ahí me dije ‘Si algún día construimos una casa, quisiera sentir esa misma felicidad que irradiaba mi hija al ir descubriendo estos espacios de Serra’. Y finalmente logré encauzar esta brisa que fluía en esta especie de pabellón, llamado Casa Soplo, inserto en medio de un gran paisaje”, cuenta con orgullo.

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Son casi cinco años los que Cazú lleva viviendo en este lugar junto a Clara, su única hija también ligada a las artes. Las dos han aprendido a habitar un espacio que, desde sus inicios, fue concebido como un lugar para ellas. Y es que después de separarse de su ex marido, Cazú entendió este espacio como un sitio para la liberación de lo femenino; una casa de mujeres. “Tiene que ver con cómo uno se planta frente a la vida tal cual es, sin tener que estar transando todo el tiempo, sino que de forma auténtica”, explica. Y es desde ahí de donde nace esta casa hiperdemocrática donde “los muros no llegan al borde para no tapar la vista, los espacios son fluidos, el lugar se amplía y se aprieta… es muy elástica”, señala. Tampoco hay jerarquía en los espacios, sino que todos pueden ser usados de distinta manera. “Cada lugar es un mundo, es como un territorio diferente”, asegura. La femineidad que la artista plantea desde un comienzo, se puede apreciar en todo el inmueble. Sus muros curvos son amables y los espacios limpios. También hay una sensación de suavidad, delicadeza y austeridad, “como de no decoración”, y esto también lo liga con lo espiritual. “Realmente ha sido un espacio para la liberación. De hecho, tengo un video de Clara bailando acá adentro donde ella se conecta de manera increíble con la actuación y la danza”, revela.

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Con su hija también comparte esta última pasión, pues practica desde hace varios años baile moderno con Ana Luisa Baquedano. Dice que es una disciplina que siempre le ha gustado, y nos hace mucho sentido cuando vemos su figura atlética moviéndose elegantemente por el deck de madera negra sobre el techo de su casa. “Viví en Nueva York un año y bailé con Luigi, quien inventó la técnica del jazz. Un día me dijo ‘Eres pura belleza, pero debes elegir entre la arquitectura o la danza’”, cuenta entre risas. Según la misma Cazú, no tenía ningún talento para el baile. “A veces mi nivel de autocrítica es insoportable, pero ha sido un buen ejercicio para mirarme al espejo y quererme, aprender a aceptarme y encontrarme conmigo. Lo que más me gusta de la danza es que es una disciplina muy completa. Es el cuerpo en movimiento con la música completamente conectado con ella. Y de alguna manera todo lo que lo que hago en mi trabajo se relaciona con eso. Mi Tesis del Territorio que habla del ‘hacer leve y precario’, postula que todo en la arquitectura tiene que ver con estas energías”.

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Amante de la naturaleza y de la vida al aire libre, cada vez que puede sube el Manquehue con sus queridos perros y se sienta en un banquillo que hay en su jardín a contemplar los llamados cerros sagrados. Otra propuesta interesante de su casa de construcción ultramoderna, es que está emplazada en una especie de quinta urbana diseñada por su gran amiga paisajista Teresa Moller. “Le pedí que hiciera un diseño tipo agrícola donde todo se pudiera comer; donde ojalá todo sirviera”, explica. Recorriendo su frondoso jardín verde, de a poco aparecen los nogales, olivos, almendros, higueras y frutillas. Incluso también las hierbas que usa para cocinar, otra de las actividades que le gusta hacer cuando está en su casa y recibe gente. “El espíritu que hay en el jardín también tiene que ver con lo cíclico de lo femenino. Y es justamente eso lo que finalmente construye este territorio tan íntimo”, concluye.

Créditos Fotos: Ronny Belmar Maquillaje: Catalina Giglio

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