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Moda

Bazaar: La definición de la moda

Bazaar: La definición de la moda

Un apasionante recorrido por la época dorada –en los campos de la moda, la fotografía y el genio literario– de Harper’s Bazaar.

A principios de los años cincuenta, Harper’s Bazaar había alcanzado lo que Christian Dior denominaría como “la época dorada” de la moda. Fue una era que el mismo Dior ayudó a fortalecer con la revelación, en febrero de 1947, de su “New Look”. “Faldas con vuelos. Pliegues y pliegues. Dior hace una falda con 41 metros de tela”, elogió Bazaar en la edición de octubre de 1947, maravillándose por el libertino uso del material que hacía Dior, cuando acababan de salir del racionamiento de tela en tiempos de guerra. Fue una bendición para la industria de la moda; mientras París recuperaba su lugar en el asiento de la Alta Costura, las casas de Balenciaga, Balmain y Fath estaban floreciendo. Y más diseñadores estaban siguiendo los pasos de Chanel y Schiaparelli, ramificándose hacia las fragancias, boutiques especializadas y ofertas de licencias.

Estados Unidos era un país que estaba sumergido en una ola de prosperidad. Pero a raíz de la Segunda Guerra Mundial muchas de las antiguas mitologías sobre qué desear y cómo vivir se estaban rompiendo. Había también un creciente interés por los escritos existencialistas de Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir y Albert Camus, y de los beats estadounidenses como Jack Kerouac y William S. Burroughs. Armas nucleares estaban siendo desarrolladas, la Guerra Fría se estaba fraguando; una contracultura se estaba formando y el macartismo estaba en su apogeo.

Bazaar se recuperó de la incertidumbre de los años de la guerra con una revancha. La fresca eminencia de Carmel Snow, la imaginación salvaje de Diana Vreeland y el genio creativo de Alexey Brodovitch actualmente son sabiduría popular, y la revista que hicieron juntos fue nuevamente la definición de moda. Pero no lo hicieron solos.

Richard Avedon estaba recién salido de la Marina Mercante cuando llegó a Bazaar en 1944. Cuando se enlistó, su padre, Jack, le dio una cámara Rolleiflex como un regalo de despedida, así que fue candidato para un trabajo en el departamento de fotografía y fue asignado a un puesto en Sheepshead Bay, Brooklyn, donde cumplió su servicio tomando fotos de eventos en la base, naufragios y autopsias.

Tiempo atrás los Avedon habían sido dueños de una tienda de departamento en la Quinta Avenida de Manhattan, pero la perdieron durante la Depresión. Debido al trabajo de Jack como comprador de ropa para minoristas y a la pasión de la madre de Avedon por la cultura –había querido ser una artista–, ocasionalmente había ejemplares de Bazaar por la casa. Más tarde, Avedon recordó una época cuando las finanzas de la familia empeoraron y se vieron obligados a mudarse a un departamento más pequeño, donde él dormía en un comedor con fotografías de Martin Munkácsi, que había cortado de Bazaar, pegadas a la pared. “Harper’s Bazaar tenía un resplandor”, dijo Avedon a la revista en 1994. “Era una feliz combinación de las cosas que mis padres valoraban de la vida americana”.

Avedon se interesó en la fotografía a temprana edad. Uno de sus primeros sujetos y de muchas maneras, su musa original, fue su hermana Louise, una belleza de cabello oscuro con grandes y conmovedores ojos que enmascaraban su tormento interior. “Mi madre solía decirle: ‘Con una piel como esa y ojos como esos tú no tienes que hablar’”, dijo Avedon. “Ella era una mujer tan encantadora y tímida que nadie reconocía el dolor que estaba en su interior. Ingresó a una institución mental cuando tenía veinte y murió a los 42 años. Estaba dañada por su belleza. Creo que la belleza puede ser tan aislante como la genialidad, pero sin sus recompensas”.

Después de dejar la Marina Mercante, Avedon decidió intentar reunirse con Brodovitch. Tomaba las clases que Brodovitch impartía en la New School e hizo, por su cuenta, al menos 14 citas con él, las cuales fueron canceladas. Pero Avedon estaba decidido: “Sabía dónde vivía y dejé mi trabajo en su casa”. Cuando Brodovitch finalmente accedió a un encuentro, rápidamente se enfocó en una fotografía que Avedon le había tomado a un grupo de gemelos durante su tiempo en la Marina Mercante, con uno representado claramente en primer plano y el otro fuera de foco en la parte de atrás. “Él quería que yo aplicara ese experimento en la fotografía de moda”, dijo Avedon.

Avedon tenía 21 años cuando le llegó su primer encargo para Bazaar: una sesión para un suplemento especial de la edición de la revista de noviembre de 1944 llamado Junior Bazaar, el que daba consejos a las adolescentes sobre ropa, maquillaje y temas relacionados con la mayoría de edad. “Yo quiero ser un bombero cuando crezca”, bromeó en la nota que acompañaba la sección de invitados del editor de la publicación. “Ahora él está en México”, continuó la nota, “con una Rolleiflex al hombro y una docena de vestidos Bazaar sobre su falda”.

Las fotografías de Avedon pronto establecieron el tono visual de la revista. Las mujeres en sus fotos no eran estatuas o serafines; eran seres vivos que bailaban y saltaban y anhelaban y se movían en borrones. Había una búsqueda en sus imágenes, una cualidad efímera maravillosa.

Era atraído hacia temas que tenían un camino bajo sus pies. Dos de las modelos favoritas de Avedon en esa época eran Dorian Leigh, madre de dos hijos hacia el final de sus veinte años, quien mintió acerca de su edad para conseguir trabajo; y una morena escultural de Queens llamada Dorothy Virginia Margaret Juba, quien se rebautizó como Dovima en honor a una amiga imaginaria que evocó cuando estaba enferma de fiebre reumática en su niñez. Más tarde, la hermana menor de Leigh, la esbelta pelirroja Suzy Parker, a quien Avedon inicialmente consideró una belleza demasiado convencional, cobraría vida frente a su cámara para convertirse en una de las más exitosas modelos de los años cincuenta. Parker también incursionó en la actuación, apareciendo brevemente en Funny Face (1957), el filme protagonizado por Audrey Hepburn. Por casualidad, la película llevó a la ficción la relación de Avedon con su primera esposa, la modelo Doe Avedon, interpretada por Hepburn, otra persona a quien el fotógrafo capturaría para una serie de portadas y sesiones de moda de Bazaar.

Sin embargo, fue Dovima quien apareció en la que es considerada, frecuentemente, la fotografía de moda más indeleble que ha adornado jamás las páginas de Bazaar. La imagen, parte de una sesión completa hecha por Avedon en el Cirque d’Hiver de París, un cálido día de agosto de 1955, retrata a Dovima en una ingeniosa pose entre dos elefantes usando un vestido de Dior. Hoy, “Dovima con elefantes” perdura como un emblema del poder, belleza y mitología de la moda y está en la colección permanente del Museo de Arte Moderno de Nueva York. A pesar del lugar que tiene la imagen en los anales de la fotografía de moda, Avedon comentó: “El fajín no está bien”, mientras la colgaba para una exhibición tres años antes de su muerte, en 2004. “Debería haber hecho eco a la pata exterior del elefante que está a la derecha de Dovima”.

Truman Streckfus Persons llegó por primera vez a Nueva York en 1933. Nacido en Nueva Orleans, hijo de un hombre de negocios y su esposa adolescente, Truman fue enviado a vivir con su familia en Monroeville, Alabama, antes de que sus padres se divorciaran cuando tenía siete años. Su madre se volvió a casar tiempo después y estaba viviendo en Manhattan, así que mandó a buscar a su hijo. Su nuevo esposo, un acaudalado corredor textil de origen cubano llamado Joseph Capote, lo adoptó, y de esta manera llegó a ser conocido como Truman Capote. En Nueva York, el joven Truman asistió a una escuela privada del Upper West Side, antes de decidir, a los 11 años, que se convertiría en escritor.

El debut de Capote en Bazaar llegó un poco menos de un año después del de Avedon, en el otoño de 1945. La editora de ficción de la revista, Mary Louise Aswell, encontró una historia que Capote, de solo 20 años, había escrito llamada Miriam, en la revista Mademoiselle (donde el antiguo e irascible editor literario de Bazaar, George Davies, supervisaba el departamento de ficción). Aswell rastreó a Capote y, después de revisar algunos de sus manuscritos, decidió publicar una historia llamada A Tree of Night, sobre una estudiante universitaria de 19 años llamado Kay, quien encuentra a una misteriosa pareja en un tren. “Mientras Kay miraba, la cara del hombre parecía cambiar de estructura y esfumarse delante de ella como una roca en forma de luna deslizándose hacia abajo, bajo una superficie de agua”, escribió Capote. “Una cálida pereza la relajó. Estaba vagamente consciente de ello cuando la mujer le quitó su cartera y cuando gentilmente colocó el impermeable como un velo sobre su cabeza”. A Tree of Night se imprimió en la edición de octubre de 1945 y serviría como piedra angular para la primera colección de Capote.

La presencia de Capote en Bazaar ayudó a empujar a la revista hacia el centro del remolino social de la posguerra. Era descarado en su aceptación de la vida de la sociedad, deslizándose jubilosamente a través del Stork Club y El Morocco con glamorosas mujeres de su brazo como Gloria Vanderbilt y Oona O’Neill. Capote no tomaba todo eso demasiado en serio: tenía reputación de ser el creador de un juego llamado International Daisy Chain, una versión de Six Degrees of Separation, que implicaba conectar, con el menor número posible de pasos, a miembros de la alta sociedad y celebridades con quienes se creía que habían estado involucrados sexualmente. Los instintos de Capote en relación a la cultura en la que había llegado a residir eran notablemente proféticos. “Hoy en día, cuando nadie es un gran misterio, cuando ciertamente el esfuerzo en todas partes es dar a conocer figuras célebres, como tener personalidades intercambiables con los vecinos más aburridos, Garbo permanece, después de 11 años de retiro profesional, como una leyenda inconquistable”, escribió de su amiga, la notoriamente solitaria actriz Greta Garbo, en la edición de Bazaar de abril de 1952. “Porque ella es hermosa y es belleza de profundidad, de interés: ver su cara es como contemplar una obra maestra”.


Audrey Hepburn y Steve McQueen, retratados por Avedon, para Harper’s Bazaar

La fascinación de Capote con la riqueza, fama, glamour, conspiración, discreción y el brillo de la alta sociedad y las artistas de cine –las que encontraron su camino en sus otros escritos para Bazaar –era aparente desde el principio. Con ello venía un presagio de lo trágico que nunca parecía estar lejos de la superficie. Podía ser mordaz, petulante, autocompasivo e incluso cruel. Robert Linscott, editor de Capote en Random House, una vez describió estupendamente al escritor como cubierto por el “estigma” de su propia genialidad. Pero en ocasiones, su inestabilidad emocional parecía incrustada más profundamente. Cuando Capote era un niño, su madre confesó con soltura que siempre se sintió inadecuada para la maternidad. Y años más tarde, después de la condena de Joe Capote por desfalco, se quitó la vida tomando pastillas para dormir. En la vida de Capote, como en su trabajo, las cosas frecuentemente no terminaban bien.

La amistad que se desarrolló entre Capote y Avedon fue de admiración mutua –con cierto grado de distancia. Durante la mayor parte de los años cincuenta corrieron en vías paralelas, cada una producto de su propia creación. Decir que Avedon cambió la fotografía de moda es, actualmente, una banalidad y, en Capote, Bazaar ayudó a lanzar a uno de los más prominentes –y polarizado- resíconos literarios de mediados del siglo XX. Pero su trabajo para la revista iluminó algo esencial que Avedon describiría más tarde como: la “actuación” de vivir. O a lo que Capote se refirió una vez como “la verdad dentro de la mentira”, al discutir sobre ficción. En el artificio de la moda, Avedon dijo que él encontró “una especie de gracia sin la presión de la creencia”. En un mundo en el que mucho consistía en mantener las apariencias, él y Capote también encontraron el arte y la salvación.


Gabrielle Chanel en el libro Observations

En 1959, Avedon compiló un volumen de retratos titulado Observations, para el que Capote escribió el texto. El libro mostraba fotos de la realeza, herederas y damas que Avedon había fotografiado para Bazaar a través de los años; mujeres a las que Capote se refería como los “cisnes” de la sociedad. En él, Capote recordó haberse encontrado con Avedon un domingo de invierno en el estudio del fotógrafo para revisar las imágenes para el libro. “Avedon estaba en calcetines, navegando a través de un oleaje de caras, algunas riendo y bastante encendidas con diversión y desenfado, otras esforzándose por comunicar el estruendo de su propio interior, su arte, su hermosura inhumana o caras claramente humanistas, o abandonadas, o dementes: un exceso de expresiones que chocaban con la visión de uno y, más bien, la aturdían”, escribió Capote. “Algunas veces creo que todas mis fotos son fotos de mí mismo”, le dijo Avedon. “Mi preocupación es, como lo dirías bien, el predicamento humano; solo que lo que considero el predicamento humano puede ser simplemente el mío”.

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