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Moda

Columna: Aventura en Rojo

Columna: Aventura en Rojo

Mientras escribo esta columna, me doy cuenta de que mis uñas están esmaltadas en uno de mis tonos favoritos: el que OPI bautizó como Big Apple Red. Luego de una pequeña investigación entre mis amigas —las que conocen el placer de una manicure perfecta—, me enteré de que ellas también lo prefieren al momento de optar por un tono rojo para sus uñas.

Este no es el único caso donde la presencia de este color se instala con fuerza al momento de adornarse el cuerpo con pigmentos. Si existe algo que puede hacer que el ánimo y el look se eleven hasta el cielo, son unos vibrantes y bien definidos labios rojos. A mí me parece que es insuperable. En la categoría de los mate, el Ruby Woo de MAC es perfecto: un pigmento colorado en forma de barra, con el que ya tengo una relación de años. Después de observar el trabajo de grandes maquilladores, y sumándole algo de creatividad propia, pude conseguir una terminación con un nivel de factura geisha 2.0.

El labio rojo no es una novedad; es un hábito que se instaló en Occidente con la fijación de las mujeres en los años treinta, no muy distante de las de hoy, por alcanzar el ideal de belleza que dominaba en esos días. A finales del siglo XIX, la imagen de la joven afectada de tuberculosis, una figura frágil y enferma con los labios teñidos de sangre por la tos, también obsesionó a muchos artistas. Fue así que trazar la boca con este color fue instalándose poco a poco como una costumbre estética.

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Mirando las pasarelas –hoy interminables– y revisando mis propias colecciones, me enfrento a la presencia obsesiva de este color que, como un golpe, asociamos a la energía vital –los más interesados en la espiritualidad oriental se acordarán del primer chakra, el de la raíz, que se vincula al rojo. Ahora está muy en boga –coqueteando con el ya instalado color blocking– emparejarlo con alguna variante cromática cercana, e incluso con una sola variación en su luminosidad. Entre estas osadas y excitantes combinaciones, la más exitosa ha sido la de rosado con rojo.

¿Qué es lo que ocurre cuando deliberadamente elegimos llevar una pieza de este primario? Inmediatamente nos hacemos visibles. Es así como, al más puro estilo Caperucita roja, la moda nos empuja a perdernos en el bosque y tener las más diversas e inesperadas aventuras. En una conversación que tuve con Francisco Costa, él recordaba, siendo en ese tiempo la cabeza creativa de la firma Calvin Klein, un encuentro que tuvimos en el Garment District de Nueva York un día de nevazón considerable. Estábamos en plena fiesta de cierre de la semana de la moda, con la presencia de la pelirroja embajadora de esa misma casa de moda, Nicole Kidman, y yo llevaba un abrigo rojo. Francisco me recuerda hoy por ese abrigo, a pesar de que insisto en que el color era más bien “salmón”.

Y es que pareciera que el rojo se nos graba en la cabeza, al punto que los estudiosos afirman que en varias culturas este fue el primer color que recibió un nombre, y que por momentos sus tinturas llegaron a ser más valoradas que el oro. Los conquistadores europeos se vieron fascinados –y enriquecidos– al encontrarse en los dominios del antiguo Imperio inca con la cochinilla, un pequeño insecto que puede usarse para teñir grandes superficies de rojo. Tuve la suerte de ver una sorprendente demostración en vivo por una indígena experta en esta materia en Ollantaytambo, justo en los alrededores del valle sagrado Machu Picchu.

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Con la atracción que despierta, no sorprende que algunas tradiciones le atribuyan poderes mágicos. Una muy conocida es la del “hilo rojo de Raquel”, un trozo de lana escarlata que amarrada en la muñeca izquierda y fijada por siete firmes nudos, nos garantiza protección del mal de ojo, del que se puede ser víctima cuando somos foco de miradas mal intencionadas.

Otro fenómeno que hemos advertido en este último tiempo es el de aquellas combinaciones que alguna vez eran consideradas “prohibidas”. Son estas últimas las que más nos interesan, quizás porque hasta ahora han permanecido inexploradas, al ser descartadas como “de mal gusto”. Un buen ejemplo es la de blanco con rojo que hoy, junto a otros guiños a lo “normal y corriente”, se ha vuelto atractiva. Es por eso que hoy las tonalidades del look de viejo pascuero, ya no nos despierta rechazo y podemos pensar en apropiárnosla. Siempre manteniendo códigos de estilo, por supuesto.

En un mundo de menos paradigmas y más conciencia, podemos lanzarnos a ser esa mujer de rojo, The lady in red is dancing with me, cheek to cheek, como dice la canción de Chris De Burgh. Que el fuego de los puentes que he de quemar, como reza el look bermellón de la firma Vetements, iluminen nuestro camino y la aventura de estar vivos.

Créditos Fotografías a color: Cortesía Pola Thomson Retrato en blanco y negro: Claudio Robles y Tomás Meersohn

Comentarios

  • Me fascina el rojo! Y efectivamente nos hacemos más visibles y energizadas.
    Muy buena columna, felicitaciones y vamos por más!

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