facebook format-gallery format-video google instagram list-ribbon menu next pinterest prev search twitter youtube
Moda

El pop se vuelve Bazaar

El pop se vuelve Bazaar

Mientras los estadounidenses se concentraban en el arte moderno y la carrera espacial, Nancy White, editora de Harper’s Bazaar, impulsaba la revista más allá de sus límites.

El 19 de abril de 1959 la NASA anunció el inicio del Proyecto Mercurio, un programa cuyo objetivo era poner a los primeros astronautas en órbita. Era un episodio más del momento histórico de la Guerra Fría, que marcó toda una era de la carrera espacial, mientras Estados Unidos y la Unión Soviética competían por conquistar el espacio exterior. Harper’s Bazaar también entró en acción.

Para un editorial de moda en la edición de febrero de 1960, Richard Avedon viajó al centro espacial de la NASA en Cabo Cañaveral, Florida, donde fotografió a la modelo Dovima en una serie de looks con formas geométricas, visiblemente modernos. En un momento durante la sesión, Dovima posó frente a una plataforma de lanzamiento equipada con un SM-65 Atlas, que de hecho no era una nave, sino el primer misil balístico intercontinental capaz de transportar un arco nuclear. Todavía quedaba un mes en la década de los años cincuenta, pero los sesenta ya habían llegado.

Nancy White, quien por largo tiempo fue editora de moda en la revista Good Housekeeping, sucedió a Carmel Snow como editora de Bazaar dos años antes. White era hija del ejecutivo de Hearst, Tom White –y sobrina de Snow-, y su nombramiento pretendía facilitar la transición mientras Snow, cuya salud física había empezado a declinar a medida que aumentaba su alcoholismo, cambió a un papel emérito en la revista.

White no era una gran dama como su tía o una romántica desenfrenada como Diana Vreeland. Pero era una editora astuta –y de manera sutil, también era inmensamente progresista. Sin embargo Vreeland, la principal subordinada de Snow, quien no había sido considerada para el trabajo, eligió quedarse; Alexey Brodovitch, quien rara vez iba a la oficina, renunció como director de arte en 1958, mientras que la misma Snow se retiró ese año. Para Bazaar, la historia de Avedon sobre Cabo Cañaveral representó el amanecer de un nuevo día –y un período de cambios radicales tanto para las mujeres como para la moda.

Una de las primeras contrataciones de White fue el antiguo director artístico de Esquire, Henry Wolf, quien infundió a la revista un surrealismo inexpresivo al jugar de manera irreverente con el texto y la tipografía. Las portadas creadas por Wolf durante tres años en Bazaar siguen siendo unas de las más reconocidas de su historia –entre ellas, su icónica portada de diciembre de 1959, retratando a una modelo con una capa rosada balanceándose en una escalera mientras carga una “A” del logotipo estilo marquesina de Bazaar.

Wolf fue sucedido en 1961 por el artista y fotógrafo Marvin Israel, quien moderó el glamour de Bazaar al contratar el trabajo de fotógrafos documentales como Walker Evans, Bill Brandt, Lee Friedlander y Diane Arbus. Sin embargo, la carrera de Israel en Bazaar también fue corta. White lo despidió abruptamente tras una discusión relativa a la portada de enero de 1963 que había preparado con la modelo Danielle Weil luciendo un cigarrillo, lo que evocaba de manera poco sutil a Vreeland, quien poco antes había dejado Bazaar para convertirse en la editora principal de Vogue.

Tras la partida de Israel, sus subordinadas Ruth Ansel y Bea Feitler tomaron el control como codirectoras de arte. Ambas en sus veinte años, rápidamente desarrollaron una nueva identidad visual para Bazaar en torno a un audaz simbolismo conceptual creado por un incipiente grupo de fotógrafos que incluía a Melvin Sokolsky, Bill Silano y un par de antiguos asistentes de Avedon, Hiro y James Moore.

Sokolsky, un descubrimiento de Wolf, tenía una propensión a lo fantástico; en sus imágenes, las modelos se caían de sillas gigantescas y planeaban por el aire como serafines. Una de las sesiones más famosas de Sokolsky fue su historia de la “burbuja” para la edición de marzo de 1963. Inspirado por el tríptico The Garden of Earthly Delights de Hieronymus Bosch, pintor holandés del siglo XV, capturó a Simone d’Aillencourt mientras parecía flotar en una esfera translúcida que inicia su viaje en Nueva York y se posa sobre el río Sena en París.

La moda se estaba convirtiendo en el plástico explosivo inevitable: arte, artificio, realidad y revolución se reunían y Bazaar corría para mantener el paso. El asesinato del presidente John F. Kennedy, la expansión de la Guerra Fría y el creciente conflicto en Vietnam dejó a muchos americanos con un profundo sentimiento de incertidumbre. El movimiento de derechos civiles y una segunda ola de feminismo empezaban a ganar terreno. También era una época de gran agitación cultural, mientras que las vibraciones anárquicas de la creciente Nueva Ola del cine y del rock ’n’ roll retumbaban bajo los pies y el alto mundo del arte se embarcaba en un romance con el pop –movimientos tectónicos que escritores como James Baldwin y Tom Wolfe narraron en Bazaar.


Simone d’Aillencourt flotando sobre el Sena en París, fotografiada por Melvin Sokolsky para la edición de marzo de 1963.

En un artículo de Bazaar de 1964 titulado “The New Art Gallery Society”, Wolfe comentó sobre la amalgama de pioneros, aristócratas, beatniks, políticos y financieros en una fiesta para brindar por la reapertura del Museo de Arte Moderno después de una renovación de seis meses. Era como si, escribió Wolfe, “el mundo de las celebridades, el mundo de la sociedad, agentes de prensa, columnistas de chismes, diseñadores de modas, decoradores de interiores y otros hubieran convergido en el arte, ahora en un lugar especial y glorificado. El arte, y el Museo de Arte Moderno en particular, se ha convertido en el centro de la rectitud social, comparable con la Iglesia Episcopal de Short Hills”. La vida artística cobraba vida propia.

La publicación de abril de 1965, que tuvo como editor invitado a Avedon, sirvió como detonante de este nuevo estilo de cultura popular insurgente, esforzándose por ser “un pasaporte parcial hacia el lado no convencional del ahora”. La portada mostraba un primer plano de la modelo británica del momento, Jean Shrimpton, con la cara circunscrita por un recorte color rosa Matisse, que sugería vagamente las curvas del casco de un astronauta. En el interior había himnos a Bob Dylan, The Beatles, botas a gogó y exploración espacial, junto con declaraciones de la muerte de la dieta y la llegada de Donyale Luna, quien solo tres meses antes se había convertido en la primera modelo negra en aparecer en una portada de Bazaar.

Para celebrar el centenario de la revista en 1967, Bazaar pidió a Random House que publicara la antología Harper’s Bazaar: 100 Years of the American Female. El aniversario proclamaba un momento trascendental para las mujeres estadounidenses. Los años setenta se aproximaban y lo que ellas querían de la moda estaba cambiando. “La medicina moderna y la ciencia han hecho por la mujer de hoy lo que una manzana y una serpiente hicieron por Eva”, escribió Gloria Guinness, amiga de Truman Capote, en un artículo sobre el aumento en el consumo de la píldora, para la edición de septiembre de dicho año. “La han descubierto o destapado para un nuevo mundo. Como el de Eva, incluye amor y un hombre, pero a diferencia del de la primera dama, es un mundo muy cercano a lo perfecto, donde las mujeres por fin tendrán su pastel y también podrán comerlo”.

Comentarios

    Escribe un comentario

    Leer después