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Moda

Elogio de Elegancia

Elogio de Elegancia

En su mejor momento, la gran dama de la moda estadounidense, Carolina Herrera, encara el veloz futuro de la industria sin alterar su reposada esencia. Evolución, no revolución.

Haalgo en Carolina Herrera que te empuja a pasar más tiempo del habitual frente al espejo. Como si tuvieras que asegurarte de que tu camisa está perfectamente planchada y que tu pelo está en su sitio. Y, aun así, cuando al final te encuentras ante esta magnate de la moda, esa matriarca de 77 años, madre de cuatro hijas y abuela de una docena de nietos, no puedes evitar sentirte un poco desaliñada. Por supuesto, la señora Herrera aparece impecable. Peinado, maquillaje y atuendo intachables (al igual que su recibimiento), y eso que asegura no tardar más de 10 o 15 minutos en arreglarse. Al instante ya te ha conquistado.

Nacida en Caracas, en 1939, Carolina Herrera entró en la órbita de la alta sociedad neoyorquina de la mano de su segundo marido, el aristócrata Reinaldo Herrera –con el que se casó en 1968–, en la década de los setenta. Juntos se convirtieron en habituales de Studio 54 durante sus noches de gloria, inevitables del círculo VIP de Steve Rubell (el caprichoso copropietario de la discoteca) que incluía a Andy Warhol, Yves Saint Laurent, Halston o Mick Jagger y su entonces esposa, Bianca. Uno de ellos precisamente fue quien, al final, pondría a la dama venezolana en el camino adecuado: Diana Vreeland. Bajo su auspicio, debutó como diseñadora en abril de 1981, con una colección presentada en el Metropolitan Club de Nueva York que sería la piedra fundacional de su firma y que la convirtió en personaje clave de la industria. A partir de ahí, su imperio no ha hecho más que crecer, sobre todo tras su alianza con Puig, con la que al poco tiempo lanzó su primera fragancia (1988) y que, en 1995, adquiría la firma, con ella como directora creativa.

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Sinónimo de exquisitez y sofisticación, la marca lleva ya 35 años en lo más alto. Hablar de la casa Herrera es hablar de la realeza de la moda. Sus dos últimas colecciones, las de la primavera/verano 2016 y el otoño/invierno 2016-2017, desfilaron en el museo Frick Collection de Nueva York, un escenario que da fe de tal estatus. Y a la vez que la diseñadora abrazaba ese histórico entorno, también incorporaba un toque moderno a su consagrada estética femenina, que le ha reportado críticas entusiastas. Objeto de multitud de premios y reconocimientos a lo largo de su carrera, la señora Herrera ocupa con elegancia el trono creativo de su empresa, y ni siquiera el furioso frenesí del negocio actual ha logrado intimidarla en absoluto.

PREGUNTA: Usted se introdujo muy pronto en este mundo. De hecho, tenía solo 13 años cuando su abuela la llevó a su primer desfile, de Balenciaga nada menos… 

RESPUESTA: La moda siempre ha estado latente en mí. Cuando vivía en Caracas solo me interesaban el tenis y montar a caballo. Esa era mi vida. Pero a los 15 años, a través del cine, descubrí el glamour del Hollywood clásico. Decidí que quería vestir de negro y fumar cigarrillos con boquilla, algo que por supuesto mis padres nunca me permitirían. Hoy, hasta las niñas de cuatro años pueden reconocer un bolso de Hermès o Louis Vuitton. Lo saben todo. Tal vez sea por el exceso de información que han traído las nuevas tecnologías. Cuando yo era pequeña, simplemente nos decían lo que teníamos que ponernos y ya estaba. Sin discusiones. Tuve suerte porque crecí en una familia en la que todos vestían bien. De ahí esa manía mía de que las prendas tengan que ser bellas por dentro y por fuera. Incluso deben verse hermosas cuando cuelgan de una percha.

P: Diana Vreeland la animó a crear su primera colección. ¿Recuerda cuál fue el mejor consejo que le dio en ese momento?

R: Sí, y fue también la primera en verla. Tenía plena confianza en ella; adoraba su forma de ser, era una mujer muy moderna, rebosante de talento. Su mente no tenía límites y siempre se rodeaba de gente joven. Decidí que tenía que hacer algo con mi vida y le dije que quería diseñar tejidos. Me respondió: “Oh, querida, eso es tan aburrido… ¿Por qué no haces una colección de vestidos?”. Y así es como empecé. En aquel momento, se vestía por capas: una prenda sobre otra. Un poco como pasa ahora. A mí no me gustaba. Yo quería que la moda fuese femenina y glamorosa a la vez. Deseaba mostrar las formas de la mujer. Fui muy afortunada porque mis diseños no tardaron mucho en estar en las mejores tiendas de la ciudad: Saks Fifth Avenue, Neiman Marcus y Martha’s, una famosa boutique de Park Avenue, la primera que trajo Valentino a Nueva York.

P: En aquellos días, usted formaba parte del círculo social compuesto por la Factory de Andy Warhol y el Studio 54 de Steve Rubell. ¿Cómo era todo aquello?

R: ¡Era mucho más que esos lugares! En los años setenta, los grandes artistas y escritores, los mejores talentos, como Mapplethorpe y Basquiat, se mezclaban sin tapujos y eso creaba una atmósfera muy interesante. Era algo maravilloso. Ahora es imposible ver algo así.

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P: Warhol la retrató en varias ocasiones. ¿Cómo era su relación?

R: Andy, mi esposo y yo éramos amigos. Me hizo tres retratos, aunque solo conservo uno. Una vez, durante una cena en la que yo llevaba una minaudière de oro con cierre de diamantes –creo recordar que de Van Cleef & Arpels–, él me preguntó: “¿Puedo abrirla?”. La abrió y la cerró y soltó: “Me encanta, es realmente bella. La adoro. ¿Podemos hacer un trato? ¿Puedo cambiártela por un cuadro?”. A Andy le encantaban las joyas. Le dije que por supuesto, sin comentárselo a mi marido… Aquel bolsito de mano fue un regalo suyo, así que, cuando llegó la obra, no tuve más remedio que contarle la historia… ¡Me dijo que estaba loca! Recuerdo que Andy me pidió que llevara joyas conmigo cuando fui a posar para el cuadro en The Factory. También me sacó como 50 o 60 polaroids, que después se vendieron en una casa de subastas. Compré dos de ellas. Si supiese lo que pasa ahora con sus pinturas y lo que valen se volvería a morir… de la excitación…

P: También fue amiga de Jackie Kennedy, de la que se convirtió en una de sus diseñadores de cabecera. ¿Qué recuerdos tiene de ella?

R: Era una buena amiga de la familia de mi esposo. Una dama muy especial. Más que un ícono de moda, era una persona muy culta, con un gran sentido de la historia, lo que ayudó a que fuese tan buena primera dama. La vestí los diez últimos años de su vida. Siempre fue una inspiración.

P: Además, diseñó el traje nupcial de su hija, Caroline.

R: Fue un momento fabuloso. Jackie no participó en absoluto. Vio el vestido cuando ya estaba terminado, cuando se entregó en Hyannis Port (elegante villa residencial en Massachusetts, feudo de los Kennedy). Permitió que Caroline hiciese todo conmigo. Siempre les digo a las madres que me encargan un vestido de novia que tienen que dejar en paz a sus hijas, porque son ellas las que van a llevarlo. Jackie accedió a que su hija decidiese lo que le gustaba y eso es maravilloso, porque muchas madres quieren vestir a sus hijas como les gustaría (o les hubiera gustado) ir a ellas. También diseñé el vestido de primera comunión de Rose, la hija de Caroline.

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Diana Vreeland y Carolina Herrera, 1981.

P: ¿Quiénes son sus íconos de estilo?

R: Diana Vreeland, que fue mi mentora. Tenía un estilo tan poderoso, siempre vestía de negro, fumaba con una boquilla y llevaba multitud de brazaletes; representaba el ideal que yo adoraba. La reina de Inglaterra también me parece un referente. Siempre luce perfectamente en consonancia con lo que representa, y eso para mí es más importante que seguir las tendencias. Es un verdadero ícono que no necesita estar de moda. Su estilo constante es el adecuado para la persona que es y el trabajo que realiza.

P: Su ropa es elegante y bella, pero también práctica. Cuando diseña, ¿qué tipo de mujer tiene en mente? 

R: Muchos, porque la mujer de hoy en día es muy diversa e internacional. Es una persona global que trabaja, tiene una familia y viaja. Se amolda a la perfección al mundo en el que vive. Y es alguien a quien le parece impensable ponerse un gran vestido de gala y coger un taxi, porque sabe que eso no es bien visto.

P: Sus hijas menores, Patricia Lansing y Carolina Herrera de Báez, trabajan con usted, una en la marca de moda en Nueva York y la otra en la división de perfumes en Madrid. ¿Cómo funciona la dinámica cuando se trabaja en familia?

R: Fabulosa, porque confío en ellas plenamente y adoro sus estilos. ¡Y nunca me mienten! No siempre resulta fácil para alguien que trabaja para ti decirte que no le gusta lo que haces. Pero cuando a mis hijas no les parece bien algo, enseguida me llaman y me dicen: “Mamá, ¿estás loca?”. Y eso se agradece mucho, porque me dan perspectiva. Soy muy afortunada porque puedo contar con ellas para trabajar en ambos aspectos de la firma. Es una dinámica divertida y siempre me gusta oír sus opiniones.

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Carolina Herrera de Báez con su madre

P: Su equipo de diseño ha cambiado recientemente. Los creadores de la firma Monse, Laura Kim y Fernando García, se han unido a Carolina Herrera, García como consultor y Kim como vicepresidenta de diseño, reemplazando a Hervé Pierre, director creativo que estuvo con usted 14 años. ¿Qué espera que aporten?

R: Están en mi equipo, lo que quiere decir que trabajan para mí. La última palabra siempre es la mía. Así que no supone nada nuevo. Se trata de una evolución, otra mano, pero con el mismo estilo. Hervé sigue siendo mi amigo y lo quiero mucho. Estaba preparado para hacer otras cosas y pensé que era bueno para él, porque la evolución y el cambio son necesarios en este negocio.

P: ¿Se ha formado ya una idea de cómo quiere que sea la casa Herrera en los próximos años?

R: Ha ido creciendo del modo correcto, como un niño. Lo que medra demasiado rápido, nunca dura. Y a mí me gustan las cosas que duran. Puedes ver las críticas de la última colección, tras más de tres décadas de trayectoria: son las mejores, y eso es muy gratificante después de tantos años de trabajo.

P: ¿Cuál ha sido la clave de tan longevo éxito? 

R: Intento seguir una línea de feminidad y glamour. No diseño disfraces. A las mujeres les gusta que las admiren, no que se burlen de ellas, porque si se visten como un payaso por supuesto que la gente se reirá. Todas tenemos la misma idea: queremos que nos admiren tanto los hombres como las mujeres. Ellos porque es un coqueteo y resulta agradable, y ellas porque nos gusta poder decir: “Tengo este vestido antes que tú”. Nos gusta impresionar.

P: También ha adoptado la tecnología empleando nuevos métodos de tejido, especialmente en sus últimas propuestas. 

R: Desde hace tres o cuatro colecciones estoy utilizando telas técnicas. En la última, por ejemplo, usamos tecnología de bordado en 3D. El motivo resalta y es maravilloso. Un crítico me preguntó que cómo te sentabas con eso puesto. Pues, de hecho, es muy sencillo: simplemente te sientas. Y te sientas muy bien. Resulta excitante trabajar con nuevas tecnologías y nuevas ideas. Pero no puedes olvidar lo que representa la casa: tiene que ser una evolución, nunca una revolución. Una firma como Carolina Herrera no puede ser demasiado contemporánea. Eso es algo que tienes que respetar, pero la evolución siempre es necesaria.

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P: Sus dos desfiles más recientes se celebraron en la Frick Collection, una localización novedosa en la semana de la moda de Nueva York. ¿Qué significa ese espacio para usted? 

R: Es un lugar muy especial. Siempre me ha gustado. Y nunca hasta ahora se lo habían cedido a nadie para algo semejante, así que me sentí muy honrada cuando accedieron. Es un museo bello. Para el último desfile hasta me pregunté si poner música. Porque no necesitaba nada, no necesitaba música. El sitio merecía un tratamiento diferente.

P: Ahora mismo, parece no haber límites a la fantasía para escenificar las colecciones. ¿En qué otro lugar le gustaría hacerlo?

R: Sí, muchos desfiles se han convertido en espectáculos. Unos shows tan gigantescos que puedes llegar a olvidarte de la ropa. Y lo que de verdad importa son las prendas, no las luces o la música o los animales, como en el circo. Creo que lo que me interesa es retornar a esa época en la que se enseñaba la ropa de un modo realista. Como la última colección de Saint Laurent (en referencia al desfile otoño/invierno 2016-2017, con Hedi Slimane como director creativo de la firma francesa, celebrado en un entorno íntimo, sin música, evocando el estilo tradicional de mostrar la alta costura).

Me gusta ese concepto porque el trabajo se presenta del modo correcto. Y es una experiencia que lleva mucho tiempo funcionando. En la actualidad, todo en esta industria se mueve en otra dirección. Algunos hasta quieren vender las prendas directamente tras el desfile. Creo que eso nunca funcionará porque significa asumir un gran riesgo. Necesitas tener toda tu producción lista para vender la colección, e imagina si no se vende… Hay quien se está adaptando a esa demanda, pero yo no voy a cambiar porque los demás lo hagan; no creo en ello, así que no voy a hacerlo. Un diseño debes desearlo, no importa si tienes que esperar un poco para tenerlo. Te entusiasma cuando lo recibes. Pero como vivimos en una era digital, ves las prendas tantas veces que cuando llegan a la tienda parecen viejas. En eso sí ha cambiado la moda: es prescindible. Como Zara: compras un vestido y no importa si no dura para siempre. Es muy triste, porque algunas de esas prendas son realmente caras y solo se visten una vez. Esa es otra cosa: si tienes estilo de verdad, no puedes tener miedo a repetir un vestido en diversas ocasiones. Si te gusta y te acomoda bien, ¿por qué no? Pero a la gente le da miedo que la fotografíen y que luego se sepa que han lucido el mismo modelo otras veces. Este vestido que llevo ahora mismo es de la Korean Collection (primavera/verano 2011). Lo vi en mi clóset y me dije: “¡Vente conmigo, hoy sales!”. Me lo pongo a menudo y no me importa.

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P: ¿Cómo ve la feminidad actual? ¿Cómo ha cambiado?

R: Antes trataba sobre lo romántico y lo misterioso, de dejar algo a la imaginación. Ahora la feminidad es mostrar todo lo que tienes. No lo comparto, creo que el misterio es muy importante. Pero la desnudez está de moda. Hace poco me preguntaron si pensaba que alguien (que no mencionaremos) era un ícono de la moda. Respondí: “Cuando se ponga un vestido, podré decirlo. Ahora va desnuda, así que no lo sé”. No es solo una tendencia de Hollywood. Está por todas partes. En las revistas salen chicas con una aspecto fabuloso que lo muestran todo, más o menos. Pero quizá la persona que lee la publicación no tenga la misma figura y, de repente, la cosa resulta muy extraña.

P: Antes mencionaba lo extremadamente rápido que se mueve hoy la industria de la moda. ¿Ha afectado esa velocidad a sus colecciones, a su modo de trabajar?

R: Las redes sociales y el comercio electrónico son el futuro. Cada vez más mujeres compran online. Es parte de la era digital, no puedes ignorarlo, tienes que trabajar con ello. Basta con ver la cantidad de blogueros con millones de seguidores y el poder que han obtenido en los últimos años. Las redes sociales son fantásticas porque tus clientes participan y se perciben más cercanas a ti. Por ejemplo, con Instagram subes una fotografía bonita de un vestido e inmediatamente recibes comentarios. Tus seguidores se sienten parte de la casa. Lo comprendo muy bien y me encanta. Hoy, los niños y niñas de 8 o 10 años ya tienen sus perfiles y cuentas, y yo me pregunto: ¿tienen tiempo de leer algo, o de aprender algo? Otra cosa es que ahora durante los desfiles la gente ya no aplaude. Están tomando fotos, no tienen las manos libres para aplaudir. ¡Es como una enfermedad! Y la privacidad ya no existe. La intimidad es un lujo. No tengo cuenta personal de Instagram, sino de mi marca, que está totalmente separada de mi vida privada. No quiero que todo el mundo sepa lo que hago en cada minuto del día, lo que estoy comiendo, que ahora son todo fotografías de comida. Me horroriza cuando salgo a cenar y alguien dice: “Quiero fotografiar este plato”. Pero por Dios, ¿cómo puedes hacer eso? Y detesto esa cosa de las selfies. Si voy por la calle y alguien me reconoce y me pide tomarnos una, siempre respondo lo mismo: “No me tomo selfies, pero podemos llamar a alguien para que nos saque una fotografía. Creo que todo el mundo sale horrible en las selfies”. Esa es la razón por la que existen los palos selfies. Pero incluso con ellos me niego profundamente a hacerlo.

Créditos Fotografías Moda y Carolina Herrera principal Michael Schwartz; Estilismo Juan Cebrián; Retrato Andy Warhol, junto a Diana Vreeland y Carolina Herrera de Báez de www.carolinaherrera.com:

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