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Moda

Grandes agujas chilenas

Grandes agujas chilenas

Durante la convulsionada década de los 80, el mundo de la Alta Costura nacional vivió con glamour su momento de gloria gracias a estos icónicos creadores.

Fue en la década del 60 cuando comenzaron a aparecer los talleres de corte, costura y moldaje en Chile, los que terminaron derivando en las primeras escuelas de diseño. Habían fábricas, textiles y todo lo necesario para la elaboración de vestuario nacional. En los 70 se restringió el mercado, pero la crisis obligó a una reinvención de la oferta, hasta que en los 80 reapareció el espíritu creativo y solo cuatro fueron los nombres que resaltaron en el panorama de la Alta Costura local: José Cardoch, Jaime Troncoso, Rubén Campos y Luciano Bráncoli. Todos supieron adaptarse a los tiempos y a las nuevas necesidades de la mujer chilena, sin por ello dejar de lado aquellos detalles que lograron consagrarlos. En la primera edición de Harper´s Bazaar Chile, rescatamos sus aportes a la moda y el por qué siguen siendo grandes íconos.

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JOSÉ CARDOCH

Fue en 1962 que José Cardoch Zedán, oriundo de Santa Cruz, en Colchagua, se instaló con su atelier en Santiago tras haber aprendido el oficio de la Alta Costura en París, específicamente en la Chambre Syndicale de Haute Couture y en el taller del destacado modisto chileno Sergio Matta. En la capital francesa, Cardoch recibió las influencias de Yves Saint Laurent, Givenchy, Dior y Lanvin, todos diseñadores insignes de esa época dorada de la alta moda. “La capital tiene por fin su propio Christian Dior”, sentencia el libro Morir un poco, moda y sociedad en Chile 1960-1976, de la historiadora Pía Montalva, en referencia al protagonismo logrado por el creador en la década de los 60. Y es que Cardoch fue el primero en instaurar en Chile la tradición de realizar desfiles por temporadas, lanzando colecciones inspiradas en lo que estaba pasando en la Haute Couture parisina, con nombres rimbombantes como Mariniere o Bois de Boulogne. En agosto de 1962 fue su primer gran show, y lo hizo en los pasillos y salones de techo alto de una casa familiar en Moneda con Cienfuegos, en pleno centro santiaguino. Sus vestidos cortos y largos, trajes de dos piezas, chaquetas y abrigos en telas finas con perfecta caída fueron un éxito. Ya en los años 80, su trabajo era signo de elegancia y sofisticación. Su taller de la calle Suecia era el más solicitado de la época por modelos, actrices, mujeres de la alta sociedad e incluso primeras damas de la república. Ahí, las lentejuelas, hombreras exageradas, pedrerías y gasas eran las grandes protagonistas. Para Cardoch, las telas y el diseño eran algo serio. Por eso, en un afán por resguardar el oficio, fundó y dirigió en 1995 la Cámara Chilena de Alta Costura, entidad que llegó a reunir un amplio grupo de destacados diseñadores y funcionó hasta el año 2003. Su última casa y taller, donde vivió hasta su sorpresiva muerte ocurrida en octubre del año pasado, producto de un fulminante cáncer al estómago, también estaba en su amada Providencia, pero esta vez en el sector de Pedro de Valdivia Norte. Hasta sus 81 años, José Cardoch fue señalado como un caballero; un hombre amable, encantador, siempre vestido de traje y acompañado de su bigote característico.

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JAIME TRONCOSO

Si José Cardoch fue el Christian Dior chileno, Jaime Troncoso era el Jean Paul Gaultier local. Moderno, avant garde y siempre atrevido, el “Oso”, como lo llamaban sus amigos, fue considerado el único creador nacional con una visión rupturista capaz de mezclar épocas de antaño con lo moderno y elegante. Diseñador Teatral de la Universidad de Chile de profesión, se volcó por pasión al diseño de vestuario y la Alta Costura, e instaló su primer taller en un departamento en avenida Providencia, entre las calles Holanda y Luis Thayer Ojeda. Corría 1984 y, al poco tiempo de funcionamiento, su atelier no daba abasto para recibir a las numerosas clientas que llegaban a buscar las creaciones de este joven alternativo que, no muchos años antes, se paseaba por el Coppelia y el Drugstore vendiendo ropa y accesorios que él mismo diseñaba. Siguiendo la tendencia de la época, Troncoso decidió trasladarse al sector de Suecia y General Holley, el epicentro de la vanguardia ochentera. Ahí abrió su nuevo espacio creativo conocido simplemente como “El taller”. No tenía ningún cartel que lo identificara ni vitrinas elaboradas, pero, durante los 80, fue el punto de reunión de las aficionadas a la moda diferente, de las modelos, los fotógrafos y los productores de moda que comenzaban a conformar la incipiente escena fashion santiaguina. En esa década, las hombreras pronunciadas fueron el sello característico de sus atuendos, mientras que en los 90 deslumbró como sus dramáticos diseños inspirados en las geishas, en las bailarinas españolas y en la ópera. Su audacia en la mezcla de colores y texturas eran parte de su propuesta y, como relata el autor Juan Luis Salinas en su libro Linda, regia, estupenda: historia de la moda y la mujer en Chile, Troncoso “se consolidó gracias a la introducción del estilo que llamaba hippie chic, y que consistía en combinar prendas básicas, como suéteres de cashmere o chaquetas de líneas formales, con otras más atrevidas, especialmente amplias faldas multicolores o con aplicaciones de pedrería”. El diseñador siempre fue tajante en su opinión sobre la moda y el gusto de las mujeres chilenas. No toleraba la falta de estilo, lo vulgar. Para él, la carencia de algún detalle, por mínimo que este fuera, era señal de desinterés y de falta de cariño. Troncoso, además de su talento, era dueño de un carácter mesurado que lo convirtió en una persona muy querible. A su funeral en 2010 asistieron todas sus musas, numerosas figuras de la televisión, del modelaje y amigos de la industria que encontraron en el “Oso” un gran ser humano. Pese a su juventud (tenía 54 años), sus problemas hepáticos y diabetes fueron fulminantes, y dejó de existir tras dos severos años de lucha contra estas enfermedades.

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RUBÉN CAMPOS

Reconocido como el “arquitecto” de la moda nacional por hacer lucir a sus modelos como esculturas empinadas sobre la pasarela, el trabajo de Campos ha sido mundialmente reconocido. Oriundo de Temuco, en 1984 llegó a Santiago –se instaló en General Holley –para convertirse en uno de los nombres fundamentales en la renovación de la Alta Costura local. Un año más tarde, fue convocado para vestir a Paulina Nin de Cardona en el Festival de Viña del Mar. Su estreno en la Quinta Vergara fue alabado tras lucirse con diseños vanguardistas que incluían hombreras amplias, pliegues, plumas y pieles. Pero su minuto de máxima fama llegaría en 1987, cuando Cecilia Bolocco fue coronada Miss Universo con un vestido de su autoría: blanco, con una cola a un costado y un ramo de calas por detrás. Desde ese entonces, Campos comenzó a proyectar su trabajo. Cuando comenzó a los 14 años de manera autodidacta a hacer pantalones para sus compañeros de curso, jamás pensó que sus creaciones se exhibirían en Miami y se venderían en Bergdorf Goodman o Neiman Marcus, Nueva York. “Una vez dije ‘voy a ser el mejor diseñador de Chile’, pero debiera haber dicho ‘del mundo’”, asegura. A comienzos del 2000, decidió viajar a Estados Unidos. Allí recibió importantes reconocimientos a su trabajo, como la “estrella de la moda latina”, en 2001 y el premio al “mejor diseñador latino” al año siguiente. Fue así como llegó a la Couture Fashion Week, presentándose en el hotel Waldorf Astoria y luciendo sus cortes ingeniosos y su característica construcción de vestidos sensuales y transparentes. “En ese momento debí haberme quedado allá, pero tenía todo en Chile: mi gente, mi equipo, mi casa, mis perros…”, confiesa. Aun así, Rubén ha exhibido y comercializado en toda Latinoamérica, Estados Unidos, París y Dubai, y ha compartido pasarela con nombres como Oscar de la Renta. Hoy, con más de tres décadas de trayectoria, sigue siendo dueño de una visión futurista y atemporal de la moda. A fines del año pasado se presentó como número estelar del Santiago Fashion Week y cerró un desfile repleto de significancia junto a la modelo Irina Shayk. Rubén lo logró, se despidió de las pasarelas pero no de la moda y hoy dedicará su talento a sus clientas de siempre.

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LUCIANO BRANCOLI

Su primer acercamiento con la moda ocurrió cuando era fotógrafo en las revistas Paula, Ritmo y Paloma, a fines de los 60. Ahí se interesó por los trabajos del diseñador Marco Correa y quiso aventurarse en el mundo del diseño. Asimismo, mientras estudiaba arquitectura en la Universidad de Chile, le pidieron diseñar ocho looks para la boutique capitalina La Maison, donde oficiaba de decorador. Su trabajo fue bien recibido y resultó ganador en la “Tercera Exposición Nacional de Moda”, algo así como un festival de diseñadores y tiendas nacionales que se realizaba en el Teatro Municipal. Sin embargo, Brancoli no le dio importancia a su logro y siguió enfocado en la decoración, hasta que un par de años más tarde viajó a España para estudiar diseño de interiores. Recién allá se dio cuenta de que el vestuario era lo suyo y comenzó a estudiar corte y confección en una academia de Madrid. A fines de los 70, regresó a Chile y se instaló con su tienda, donde vendía ropa de Jesús del Pozo, Diane von Fürstenberg y Manuel Pertegaz, el favorito de Letizia de España. Luego abrió un taller de costura donde experimentó con vestuario para figuras de la televisión, como Raquel Argandoña. En 1981, la animadora lució un diseño metalizado de Brancoli en el Festival de Viña del Mar, un vestido vanguardista que generó revuelon y que le abrió las puertas de los estelares televisivos del momento. Fue su despegue artístico. Una vez instalado en su atelier de Orrego Luco, su popularidad se mantuvo al alza gracias a sus atrevidos diseños. Hoy, Luciano sigue la costura de la vieja escuela y prefiere hablar de estilo más que de moda; concepto que considera efímero. Es más, llegó a afirmar que en Chile se hacía alta costura a precio de prêt-à-porter porque esta nunca ha sido pagada como se debiera. Por lo mismo, optó por referirse a su trabajo como prêt-à-couture, y su propuesta se basa en pequeñas colecciones de ropa lista para usar, pero con el trabajo artesanal característico de la alta costura. Hoy, además de tener una cartera de clientas que traspasan generaciones, Brancoli es director nacional de Diseño de Vestuario en el Instituto Profesional AIEP.

Créditos Fotos: Gentileza archivo Revista Caras - Familia Cardoch - Rubén Campos - Museo de la Moda (vestido)

Comentarios

  • Saludos a ustedes y su revista es estupenda

  • Nos diseñaste el más hermoso uniforme que tuvimos a las Tripulantes de Lan Chile, donque quiera que ibamos, nos paraban para preguntarnos de que pais eramos…. Era simplemente perfecto! Cómodo y francamente deslumbrante.
    Gracias querido.

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