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Moda

Iris

Iris

A sus estupendos 96 años, Iris Apfel es probablemente la única verdadera “diva de la moda” que aún camina por este planeta. 

Lo que más sorprende a Iris es que este mundo aún exista. Después de casi 70 años de viajar por sus rincones y descubrir tesoros ocultos en prácticamente todos los lugares que ha pisado, a la apodada “ave rara de la moda” solo le impresiona una cosa: la perseverancia de la Tierra a seguir con vida, a pesar de todos los daños causados por la humanidad. Y no es precisamente que se preocupe por la sobrepoblación, la contaminación o el uso ilimitado de recursos naturales. Su fijación se basa en es algo mucho más inherente al ser humano y, desde su punto de vista, determinante para el funcionamiento de la sociedad: la curiosidad. ¿Qué pasa si las personas pierden la curiosidad de buscar, de inspirarse, de verse reflejados en un cristal diferente? Iris Apfel lo describe en una de sus características frases, escuálida, pero aguda: “Se visten de negro; todos se ven iguales”. Y es que siendo sinceros, ¿podríamos esperar alguna otra respuesta de una mujer que se ha convertido en la quintaescencia de la originalidad personificada? ¿Que ha pavimentado su camino al front-row de los desfiles y las campañas publicitarias abogando por ser diferente? La respuesta es un rotundo no.

Iris Apfel comenzó su colección de joyas a los 11 años. Una vez a la semana vagaba a escondidas de sus padres –quienes la esperaban en su hogar en Brooklyn– por las calles de Manhattan; recorría las líneas de metro de principio a fin empapándose de cada detalle que los rincones de la Gran Manzana emanaban. En poco tiempo descubrió la pintoresca Greenwich Village y fue ahí donde se enamoró por primera vez… de una pieza de joyería. Escuchar a Iris contar esta historia es transportarse a ese sótano lleno de curiosidades de segunda mano, a la imagen del dueño ofreciéndole probarse cosas y tratándola como una princesa. “¡Me sentía como la realeza! El hombre besaba mi mano, me decía lo hermosa que era y me dejaba admirar cada pieza que tenía en su tienda”, cuenta Iris, enfundada en sus característicos anteojos oscuros y una cabellera lila. Fue guardando monedas de cinco centavos y cuando logró ahorrar la módica cantidad de 65, se presentó ante el vendedor con una petición determinante: el prendedor de piedras brillantes a cambio de su escuálido monto.


Ella no lo cuenta pero si a los 11 años resultaba tan adorable como a los 94, estamos seguros de que aquel enigmático viejito le entregó el prendedor sin mayor oposición. 
Fue ahí cuando Iris entendió el carácter transformativo de la joyería; su indispensable papel en el armario de una mujer que se jacta de responder a su género y el inexorable poder que brinda un collar brillante. Su madre fue su musa, pero su marido, el fallecido Carl Apfel, le dio la fuerza para convertirse en un lienzo en blanco que cada mañana existía para transformarse camaleónicamente en la persona que quisiera. “A veces despertaba tan harta que le decía a Carl: ‘Hoy solo quiero encerrarme en el clóset’, y él me respondía: ‘Lo siento, cariño. No hay espacio suficiente’. Pero es así como me mantengo joven, despierto todas las mañanas y ahí está mi energía. Y el señor de allá arriba”. “¿Te refieres a Dios?”, pregunto. “¡Por supuesto! ¿Cómo es posible que alguien no crea en él?”, dice Iris determinante.

Carl y ella viajaron por el mundo buscando inspiración, materiales y experiencias que les permitieran mantener exitosamente a flote su compañía textil, Old World Weavers. Cada país que visitó Iris fue motivo de búsqueda incansable por piezas únicas. Lo dice sin rodeos: “Todo lo que tengo, lo he buscado. Nada ha llegado gratuitamente”. Old World Weavers le abrió las puertas del mundo, de la industria de la decoración de interiores, incluso de la Casa Blanca. Pero más aún, le abrió las puertas de su clóset: se convirtió en poseedora de una de las mayores colecciones de ropa y joyas en Estados Unidos. Y en septiembre de 2005 el mundo por fin pudo echar un vistazo al clóset de Iris: el Costume Institute del Museo Metropolitano de Nueva York, vuelto loco por la colección inacabable de Apfel, le pidió montar una exposición curada por ella misma.

“El MET nunca había hecho eso. Había una regla tácita en el Costume Institute: las exhibiciones no podían ser de un individuo a menos que este fuera diseñador o estuviera muerto. Bueno, claramente yo no cumplía con ninguna de las dos condiciones”, dice entre risas. Esa muestra, el éxito rotundo que tuvo y la popularidad que le valió cambiaron su vida para siempre. Esa noche en la que se inauguró Rara Avis: Selections from the Iris Apfel Collection es el recuerdo más grato que tiene de todos sus años vividos en Nueva York.

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Iris Apfel y Tane crearon una colección inspirada en los característicos eslabones de la marca mexicana y en la combinación inesperada de la plata y la madera. En el espíritu de “la reina de los accesorios”, la colección conformada por 25 piezas –incluidos collares, brazaletes, anillos y aros– está pensada para mujeres de cualquier edad, estilo y sentido de la moda.

Desde 2005, la fascinación por la filosofía de vida y los mantras fashionistas de Iris han conquistado a más de una marca. Alexis Bittar, MAC y Kate Spade son solo algunos ejemplos de departamentos creativos que han acudido a ella para imprimirle un sello de originalidad y desenfado a sus colecciones. Pero ahora Iris cruza fronteras con una excepcional colaboración, Colección Iris, para Tane. “¡Ha sido tan emocionante! Tane es muy importante y la conozco desde hace años; nunca pensé que tendría el privilegio de trabajar de cerca con ellos, pero Nino (Bauti, director creativo de la marca) me buscó y empezamos a trabajar juntos”. El diseño de las piezas y su manufactura a partir de plata y madera responden a los gustos de Iris por los materiales; su inesperada combinación no es más que un rasgo absolutamente determinante de su personalidad. Ante la pregunta de cómo deja su distintivo en cada colaboración en la que ha participado, responde con mirada traviesa: “Eso depende de ustedes decidirlo”.

Es justo esa mirada y el hambre que tiene por devorarse al mundo lo que le dan un aire que para nada nos remite a alguien de su edad. Lo que sí nos recuerda –aun días después de convivir con ella– es que perder el miedo ante la vida, el espejo, la moda, o las opiniones, no depende de la edad, sino de las ganas de conquistarla con gracia.

Créditos Fotografías: Manuel Outumuro / Tane

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