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Moda

Lo barato cuesta caro

Lo barato cuesta caro

Una de cada seis personas en el mundo trabaja en algo relacionado con la moda, pero, no necesariamente en su lado más glamoroso. Los diseñadores, modelos, fotógrafos, productores y publicistas son un número reducido. Los granjeros de algodón, las empleadas de fábricas textiles de Bangladesh y Cambodia y los jóvenes curtidores de cuero en India son los que engrosan el número de trabajadores del fashion business.

Hace cuarenta años, cerca del 85% de la ropa que usaban los norteamericanos se fabricaba en su país. Hoy, ese porcentaje se ha reducido a un mísero 3%. Si la mayoría de la ropa viene desde afuera, ¿cómo saber quién la fabricó y en qué condiciones? Con esta pregunta en mente, el director californiano, Andrew Morgan, emprendió un viaje por todo el mundo buscando respuestas sobre los verdaderos efectos que el llamado fenómeno del fast fashion tiene en las personas y el medio ambiente. El resultado fue The true cost, un crudo documental que trata el tema desde las aristas de la producción, uso y consumo.

Antes de la entrada de los gigantes del retail al mercado, existían sólo dos temporadas al año: invierno y verano. Ahora, se pueden ver cerca de 52. Cada dos semanas, cambian las vitrinas y gran parte de las prendas que se ven en los percheros desaparecen en un par de días. Y es que de eso se trata el nuevo sistema de consumo, de ropa desechable, que no vale más que un par de dólares y que, muchas veces, queda para siempre perdida en el fondo del clóset.

El problema, es que alguien debe pagar por ese módico precio que tanto atrae a los compradores. Detrás de una polera básica de $3.990 hay una trabajadora que pasa 16 horas al día siete días a la semana en una fábrica en Bangladesh, gana diez dólares al mes y no cuenta con ningún sistema de previsión social o ley laboral que la ampare. También hay un granjero en India que debido al monopolio del mercado de las semillas de algodón, ha perdido el control de sus tierras y que podría unirse a la ola de suicidios que se han registrado el último año en los campos. Se estima, que cada media hora, un campesino se quita la vida con los mismos pesticidas que usa para proteger sus cultivos.

Pero el costo no sólo es humano, también es ambiental. Además de los evidentes daños que produce en los campos la manipulación del algodón y la contaminación de las aguas derivada del tratamiento del cuero, es la gran cantidad de prendas desechadas lo que se ha transformado en una real catástrofe ambiental. Un norteamericano en promedio bota entre cuarenta y setenta kilos de ropa al año, la que va directamente a vertederos en países del tercer mundo. ¿Qué hacer, entonces? Regalarla tampoco es una solución, ya que sólo el 10% llega a tiendas de segunda mano. El resto va en fardos a naciones pobres, como Haití, por ejemplo, donde el exceso de ropa usada ha terminado con la industria textil local.

The true cost no es una cinta que busque culpar a los consumidores a través de imágenes de niños esclavizados o fábricas colapsadas. Se trata de un llamado de atención a la consciencia, tanto a quienes trabajan en moda, como a cualquier persona que entra en una tienda guiada sólo por las ganas de comprar algo barato.

El documental, que se ha exhibido simultáneamente en distintos países gracias a la ONG Fashion Revolution se puede descargar o comprar en truecostmovie.com.

Créditos Foto: Getty Images

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